En concreto, hablamos del casco Adrian, un modelo que emplearon los soldados franceses en la I Guerra Mundial. Los resultados de la investigación revelaron que su diseño es capaz de proteger mejor el cerebro de las ondas de choque procedentes de las explosiones aéreas.

Los ingenieros biomédicos de la Universidad de Duke decidieron estudiar el daño cerebral producido por las ondas de choque en el cerebro de los soldados. El motivo es que, aunque hay algunos estudios que sugieren que los casos modernos ofrecen protección contra las ondas de choque de las explosiones, lo cierto es que no han sido diseñados para tal fin, y quisieron comprobar si algunos cascos históricos estaban bien preparados para este tipo de protección.

Para ello, pusieron a prueba el rendimiento de los cascos utilizados en la IGM en Reino Unido y Estados Unidos (Brodie), Francia (Adrian) y Alemania (Stahlhelm), comparándolos con una variante actual de los Estados Unidos (el casco de combate avanzado).

“Si bien descubrimos que todos los cascos ofrecen una protección sustancial contra las explosiones, nos sorprendió observar que los cascos de 100 años de antigüedad funcionan tan bien como los modernos”, explica Joost Op’t Eynde, primer autor del estudio. “De hecho, algunos casos históricos funcionan mejor en algunos aspectos”

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Para comprobar el rendimiento de todos ellos, colocaron cada casco en la cabeza de un muñeco equipada con sensores de presión en diferentes puntos. Después los sometieron a ondas de choque de fuerza variable, correspondientes a un tipo diferente de proyectil de artillería alemana, que explotó desde una distancia de entre uno y cinco metros.

Aunque todos los cascos ofrecieron una reducción del riesgo de hemorragia cerebral de entre cinco y diez veces, el casco Adrian fue el que mejores resultados ofreció, incluso que el moderno casco de combate avanzado.

“El resultado es intrigante porque el casco francés fue fabricado con materiales similares a sus homólogos alemanes y británicos, e incluso tenía una pared más delgada”, afirma Op’t Eynde. “La principal diferencia es que el casco francés tenía una cresta en la parte superior de su corona. Si bien fue diseñado para desviar la metralla, esta característica también podría desviar las ondas de choque“.

Otro motivo que ha podido favorecer los buenos resultados de este casco es que el sensor de presión estaba ubicado justo debajo de la cresta, lo que podría haberle ofrecido una capa adicional contra la onda de choque. En otros puntos, por ejemplo en las orejas, el grosor del borde del casco parecía mejorar el rendimiento.

El equipo considera que esta línea de investigación es muy importante de cara a la protección de los soldados en el campo de batalla, así que continuará trabajando en su estudio.

Imagen | Joost Op ‘t Eynde, Duke University