Salud

¿Qué es la solastalgia y cómo el déficit de naturaleza puede enfermarte?

¿Qué es la solastalgia y cómo el déficit de naturaleza puede enfermarte?

La solastalgia es un mal contemporáneo que causa honda tristeza, angustia y estrés a millones de personas ante el cambio climático, los desastres ambientales locales, la contaminación de los ecosistemas o la extinción de especies.

Ya dijo Víctor Hugo eso de que “produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras el género humano no escucha”. Mientras nuestro consumismo voraz, destructivo expolio de los recursos naturales y egoísmo sigue asolando el planeta y abocándolo al más absoluto desastre, cada vez son más las personas que padecen solastalgia, un neologismo que describe el trastorno de ansiedad, angustia existencial y desolación ante el cambio climático y los desastres ambientales. 

Acuñado por el filósofo Glenn Albrecht en 2005 este término fue formado etimológicamente por la combinación de las palabras latinas sōlācium (comodidad) y la raíz griega -algia (dolor). La solastalgia, que abarca sentimientos como honda deszón, melancolía, estrés, ataques de pánico o malestar general, no solamente se desata ante el cambio climático global, sino que también se produce como respuesta mental ante eventos locales como las erupciones volcánicas, la sequía, las inundaciones o las técnicas de minería destructivas.

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Por otra parte, la solastalgia se produce por el estilo de vida moderno propio de la era postindustrial, así como el alejamiento y desconexión del ser humano con respecto a la naturaleza, los ritmos naturales regidos por la luz del sol o el contacto con el resto de la flora y de la fauna a la que también nosotros pertenecemos.

Una de las primeras investigaciones sobre este fenómeno fue un artículo publicado por Albrecht en 2005 centrado en dos contextos: las experiencias de sequía persistente en las zonas rurales de Nueva Gales del Sur y el impacto de la minería de carbón a gran escala a cielo abierto en individuos en el Valle Superior de Hunter de Nueva Gales del Sur. En ambos casos, las personas expuestas al cambio ambiental tuvieron reacciones negativas provocadas por una sensación de impotencia ante los cambios ambientales que se desarrollaban.

La pérdida de certeza de una comunidad en un entorno que alguna vez fue predecible es una nota común entre los grupos que expresan solastalgia. Las sociedades cuyos medios de vida no están estrechamente vinculados a su entorno no tienen tantas probabilidades de expresar solastalgia, mientras que aquellos que dependen en gran medida de los agroecosistemas se consideran particularmente vulnerables. Existen muchos ejemplos de este fenómeno en África, donde las comunidades agrarias han perdido recursos vitales debido a los cambios ambientales. Además, las mujeres y las personas pobres sufren más estos efectos: se aguardan, en este sentido, 1.000 millones de personas afectadas por el deshielo y la subida del nivel del mar para 2050.

Los ricos, además de culpables de la mayor parte de las emisiones contaminantes, tienen más flexibilidad de movimiento debido a sus ingresos cuando se enfrentan a un fenómeno extremo como una inundación o un extremo. Pueden mudarse o reconstruir sus hogares, experimentando menor ansiedad y sensación de incertidumbre. Otras investigaciones han respaldado la existencia de solastalgia en las comunidades de los Apalaches afectadas por las prácticas de extracción de carbón en la cima de las montañas. Aquellos ubicados más cerca de la zona del conflicto mostraron tasas de depresión significativamente más altas. 

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Los entornos urbanos acrecentan otro fenómeno paralelo vinculado a la solastalgia: el trastorno por déficit de naturaleza, acuñado por el escritor Richard Louv, en su libro Los últimos niños del bosque. La opresión en el pecho, la tristeza perenne y problemas de atención se vinculan a este mal, que dispara problemas salud física y mental como la obesidad o la depresión, y que afecta especialmente a la población infantil, deseosa de forma primigenia de tener contacto con el medio natural. Sus consecuencias negativas son múltiples y dispares: estrés, peor concentración, fatiga, irritabilidad, peor apetito, problemas para dormir y enfermedades respiratorias provocadas por los altos niveles de polución: no en vano el 95% de la población mundial respira aire contaminado.

La adicción a la tecnología, el excesivo contacto con las pantallas de los dispositivos digitales y la falta de exposición a la luz natural desactivan y trastornan los ritmos circadianos del sueño, propician la carencia de vitamina D y exacerban los problemas de obesidad. Las personas que viven en ciudades contaminadas también padecen solastalgia, convertida en una nostalgia perpetua. Cuando un bosque se quema, se deforesta un area para construir una autovía, se expolian los recursos mineros o una zona costera se inunda, la solastalgia se exacerba. 

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Como contraposición al problema de la solastalgia, los expertos recomiendan fomentar otros sentimientos de apego hacia la naturaleza y la vida como la biofilia o apego por lo vivo, o la eutierria, que es el amor por la conexión entre la Tierra y los seres vivos. También la topofilia, el sentimiento de amor telúrico por el lugar en el que hemos nacido y la sensación de plenitud al sentirnos conectados y en paz con el entorno natural. Todo ello sin olvidarnos de luchar contra el cambio climático, reducir nuestro consumo, exigir a gobiernos y empresas la protección de los recursos naturales y la puesta en práctica de la economía circular.

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Sobre el autor

Andrea Núñez-Torrón Stock

Licenciada en Periodismo y creadora de la revista Literaturbia. Entusiasta del cine, la tecnología, el arte y la literatura.