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Cómo afectará al mundo entero el plan de cambio climático aprobado por la UE

Cómo afectará al mundo entero el plan de cambio climático aprobado por la UE

El impuesto contra el carbono de la Unión Europea podría agitar todos los acuerdos comerciales no sólo de la UE, sino de todo el mundo. La Comisión Europea prometió este impuesto en su toma de posesión de 2019 y aunque esta todavía lejos, son muchos los expertos que ya comentan sus consecuencias.

La semana pasada, en el marco de las negociaciones entre los líderes de la Unión Europea (UE), se aprobó el plan de cambio climático más ambicioso de la historia de la institución.

Con más de 500.000 millones de euros dedicados a medidas ecológicas y un presupuesto de recuperación económica masiva de 7 años, el tratado prevé la protección de los derechos laborales y medioambientales, además del cumplimiento del Acuerdo de París contra el cambio climático, con provisiones vinculantes legalmente sobre desarrollo sostenible para lograr la “neutralidad climática”, según recoge la Ley Climática Europea.

Sin embargo, el acuerdo también estableció el calendario para la implementación de una política mucho más ambiciosa y controvertida que la financiación, ya que en el largo plazo podría llegar a reducir las emisiones mucho más allá de las fronteras de Europa.

En concreto, el acuerdo presupuestario prevé la introducción de un “mecanismo de ajuste de las fronteras del carbono” para 2023, lo cual afectaría a industrias intensivas de carbono como el cemento, el vidrio, el acero, los fertilizantes y los combustibles fósiles.

¿Pero cómo puede este epígrafe afectar a un exportador? Básicamente, la ley aclara que los bienes importados de fuera de la UE que no cumplan los mismos estándares de baja contaminación que dentro de sus fronteras tendrán que pagar muchos más impuestos.

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“En los últimos 30 años, hemos abordado las negociaciones sobre el clima a través del prisma de las normas voluntarias”, señalaba Nikos Tsafos, investigador principal del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales, a la revista del MIT“Esta es la primera vez que realmente estamos poniendo palos en la rueda de la contaminación”.

El porqué de un impuesto fronterizo de carbono es tan lógico como sencillo. Con él, la Unión Europea puede “reclamar” la reducción de las emisiones incluso cuando la producción de sus bienes se está fuera de sus fronteras, al menos de un modo indirecto. Un impuesto fronterizo, de esta forma, protege a los fabricantes europeos de productos contaminantes importados de países con una legislación climática más laxa.

Pero no sólo eso, sino que también obliga a los exportadores a reformular sus métodos de producción si quieren seguir vendiendo sus productos en los grandes mercados de la Comunidad. Si se mira en el largo plazo, incluso podría conducir a pactos comerciales bilaterales o trilaterales para otras comunidades acuerden cumplir conjuntos de normas climáticas similares para comerciar en igualdad de condiciones.

Según David Victor, codirector del Laboratorio de Derecho Internacional y Regulación de la Universidad de California, este tipo de acuerdos vinculantes podrían lograr un progreso mucho mayor en materia de clima que los tratados internacionales como el Acuerdo de París, donde cualquier objetivo o reglas deben ser lo suficientemente flexibles como para que casi 200 naciones se sumen a ellos. En la práctica, se ha visto que son insuficientes.

Si la UE incluye a China, India, Japón o los Estados Unidos en acuerdos comerciales con arreglo a esas normas, en el futuro podrían crearse nuevos bloques comerciales unificados y atajar el problema de las emisiones desde una perspectiva global.

“Este es exactamente el tipo de estrategia que, creo, terminará rompiendo el atasco climático“, resume Víctor.

Un impuesto arriesgado

Claro que no todo es tan sencillo. La UE produce el 9% de las emisiones mundiales de CO2 —entre China y EEUU alcanzan el 41%—, lo cual supone un problema: si los europeos endurecen los requisitos medioambientales a la industria y el resto del mundo no hace nada, las empresas podrían abandonar el Viejo Continente.

Así nace el impuesto sobre el carbono en frontera.

“Si otras partes del mundo no toman medidas, es nuestra obligación proteger nuestra industria y nuestra economía frente a una competencia injusta basada en una huella de carbono mucho mayor. Esa es la naturaleza del mecanismo en el que estamos pensando para corregir en frontera si es necesario”, apostilló el vicepresidente responsable de cambio climático, Frans Timmermans, durante el nombramiento del nuevo ejecutivo en 2019.

Eso fue en diciembre, pero 7 meses después la idea ya está emergiendo en otros lugares. En particular, el Partido Demócrata de los Estados Unidos ya reclama una nueva “tasa de ajuste del carbono” —todavía no se atreven a llamarlo impuesto— a los productos de los países que no cumplen sus compromisos en virtud del Acuerdo de París.

Por supuesto, nada es seguro y no hay garantías de que un impuesto fronterizo sobre el carbono convierta a la UE en un paraíso de bajas emisiones aislado del mundo, pero precisamente estas políticas están centradas en un largo plazo y en una escala mucho mayor.

Concretamente, y al menos en el medio plazo, son muchos los expertos que anticipan un destino intermedio: un mercado global fragmentado entre países con bajas emisiones y otros con altas que, a la larga, acaben comerciando entre ellos.

“La última forma de imperialismo económico”

La iniciativa de la UE, así como sus negociaciones, no comenzarán hasta bien entrado 2021, y presentará un complicado y tedioso proceso burocrático, además de los desafíos legales, técnicos y de justicia social y climática inherentes a estas grandes normativas.

Entre ellos, destacan la posible impugnación dentro de la Organización Mundial del Comercio por parte de algunos estados no pertenecientes a la UE, el tremendo esfuerzo de rastreo y evaluación de las huellas de carbono en los productos y, sobre todo, cómo afectará la norma al papel político de Europa.

La Comunidad Europea es responsable de casi una cuarta parte de las emisiones históricas acumuladas en el mundo, por lo que son muchos quienes consideran injusto que el bloque penalice e imponga su voluntad a estados más pobres,  con menos emisiones per cápita y que se encuentran en una fase mucho más temprana de su desarrollo económico.

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“Aunque razonables a primera vista, los ajustes fronterizos unilaterales de carbono sólo representan la última forma de imperialismo económico“, concreta Arvind Ravikumar, director del laboratorio de desarrollo de energía sostenible de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Harrisburg, en un artículo del MIT.

“La decisión de imponer estos impuestos a los países más pobres refleja las prácticas colonialistas de transferencia de riqueza del mundo en desarrollo al mundo desarrollado“, sentencia Ravikumar.

El experto, según resalta el MIT, está de acuerdo en que hay formas de hacer más justos los impuestos fronterizos del carbono, pero que nunca podrán ser verdaderamente “equitativos o justos” si son impuestos unilateralmente por la UE. “Estos debates sobre el diseño de políticas equitativas ignoran convenientemente la cuestión fundamental de la justicia“, señala.

En realidad, el verdadero problema es que las acciones climáticas —por muy agresivas que sean— de cualquier estado o comunidad no afectan demasiado a las emisiones totales por sí solas; el problema del cambio climático, en este caso, debe abordarse de forma homogénea y responsable para funcionar.

Por ello, resume Víctor, los países necesitan encontrar maneras de difundir prácticas y políticas para reducir las emisiones a escala mundial sin faltar a la justicia climática entre países desiguales.

Un impuesto arriesgado

Claro que no todo es tan sencillo. La UE produce el 9% de las emisiones mundiales de CO2 —entre China y EEUU alcanzan el 41%—, lo cual supone un problema: si los europeos endurecen los requisitos medioambientales a la industria y el resto del mundo no hace nada, las empresas podrían abandonar el Viejo Continente.

Así nace el impuesto sobre el carbono en frontera.

“Si otras partes del mundo no toman medidas, es nuestra obligación proteger nuestra industria y nuestra economía frente a una competencia injusta basada en una huella de carbono mucho mayor. Esa es la naturaleza del mecanismo en el que estamos pensando para corregir en frontera si es necesario”, apostilló el vicepresidente responsable de cambio climático, Frans Timmermans, durante el nombramiento del nuevo ejecutivo en 2019.

Eso fue en diciembre, pero 7 meses después la idea ya está emergiendo en otros lugares. En particular, el Partido Demócrata de los Estados Unidos ya reclama una nueva “tasa de ajuste del carbono” —todavía no se atreven a llamarlo impuesto— a los productos de los países que no cumplen sus compromisos en virtud del Acuerdo de París.

Por supuesto, nada es seguro y no hay garantías de que un impuesto fronterizo sobre el carbono convierta a la UE en un paraíso de bajas emisiones aislado del mundo, pero precisamente estas políticas están centradas en un largo plazo y en una escala mucho mayor.

Concretamente, y al menos en el medio plazo, son muchos los expertos que anticipan un destino intermedioun mercado global fragmentado entre países con bajas emisiones y otros con altas que, a la larga, acaben comerciando entre ellos.

“La última forma de imperialismo económico”

La iniciativa de la UE, así como sus negociaciones, no comenzarán hasta bien entrado 2021 y presentarán un complicado y tedioso proceso burocrático, además de los desafíos legales, técnicos y de justicia social y climática inherentes a estas grandes normativas.

Entre ellos, destacan la posible impugnación dentro de la Organización Mundial del Comercio por parte de algunos estados no pertenecientes a la UE, el tremendo esfuerzo de rastreo y evaluación de las huellas de carbono en los productos y, sobre todo, cómo afectará la norma al papel político de Europa.

La Comunidad Europea es responsable de casi una cuarta parte de las emisiones históricas acumuladas en el mundo, por lo que son muchos quienes consideran injusto que el bloque penalice e imponga su voluntad a estados más pobres,  con menos emisiones per cápita y que se encuentran en una fase mucho más temprana de su desarrollo económico.

“Aunque razonables a primera vista, los ajustes fronterizos unilaterales de carbono sólo representan la última forma de imperialismo económico“, concreta Arvind Ravikumar, director del laboratorio de desarrollo de energía sostenible de la Universidad de Ciencia y Tecnología de Harrisburg, en un artículo del MIT.

“La decisión de imponer estos impuestos a los países más pobres refleja las prácticas colonialistas de transferencia de riqueza del mundo en desarrollo al mundo desarrollado“, sentencia Ravikumar.

El experto, según resalta el MIT, está de acuerdo en que hay formas de hacer más justos los impuestos fronterizos del carbono, pero que nunca podrán ser verdaderamente “equitativos o justos” si son impuestos unilateralmente por la UE. “Estos debates sobre el diseño de políticas equitativas ignoran convenientemente la cuestión fundamental de la justicia“, señala.

En realidad, el verdadero problema es que las acciones climáticas —por muy agresivas que sean— de cualquier estado o comunidad no afectan demasiado a las emisiones mundiales por sí solas. El problema del cambio climático, en este caso, debe abordarse de forma homogénea y responsable para funcionar.

Por ello, resume Víctor, los países necesitan encontrar maneras de difundir prácticas y políticas para reducir las emisiones a escala mundial sin faltar a la justicia climática entre países desiguales.

*Artículo original publicado en Business Insider

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