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Las infraestructuras se nos han quedado cortas: este es el reto hasta 2030

Los ataques a las infraestructuras críticas son comunes y te contamos cómo evitarlos

Telecomunicaciones, agua, energía, carreteras, ferrocarril, puertos, aeropuertos… Nos faltan infraestructuras, sobran otras y las que hay están obsoletas. Bienvenidos al desafío del siglo XXI.

Los romanos son conocidos por dominar como nadie hasta el momento el Mediterráneo, controlando tierras desde las islas británicas hasta la actual Turquía, pasando por el norte de África o España. Pero, de igual modo, todo el planeta les reconoce sus ingentes aportaciones al desarrollo de infraestructuras civiles básicas en nuestros días, como las carreteras, lo puertos modernos o los canales de agua.

A esos elementos iniciales debemos unir las sucesivas fórmulas de transporte que la civilización ha ido perfeccionando con el paso del tiempo (aeropuertos, ferrocarril, metros, etc.), la producción y distribución de la energía a escala global o el despliegue de redes de telecomunicaciones que soporten la actual Sociedad de la Información. Unas infraestructuras que todos usamos a diario pero que no siempre están disponibles en países en vías de desarrollo o se encuentran en mal estado y obsoletas en los más desarrollados.

Algunas arterias clave en las principales urbes del planeta necesitan importantes reparaciones, las líneas de Metro más antiguas del mundo están en pleno proceso de modernización (como Londres o, sin ir más lejos, Madrid), los sistemas de canalización de agua están envejeciendo o son inadecuados para los estándares de salud y ambientales de nuestros tiempos, mientras que muchas redes eléctricas están sobrecargadas, con sus consiguientes apagones.

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Y conforme se van poniendo más y más vehículos en las carreteras, se diseñan ferrocarriles de alta velocidad, se impulsa el coche eléctrico y la producción de energía distribuida o se multiplica exponencialmente el número de aviones y barcos que circulan a diario, los retos que deben soportar estas infraestructuras son cada vez mayores.

Una ecuación, la de unos sistemas ineficientes y obsoletos con un uso más y más exigente de los mismos, que obliga a tomar medidas para evitar el colapso. De acuerdo a la consultora McKinsey, la mayoría de los países han estado invirtiendo en infraestructuras muy por debajo de lo necesario en las últimas décadas y, cuando se han realizado grandes proyectos, en muchos casos han incurrido en costes disparatados y funciones que no cumplían con lo prometido (quién olvida los aeropuertos sin aviones de Ciudad Real o Castellón, por ejemplo).

Con todo ello, y para poder afrontar el desafío que plantea la economía y sociedad del siglo XXI, el mundo necesita aumentar la inversión en transporte, energía, agua y sistemas de telecomunicaciones de 2,5 billones de dólares al año a $ 3.3 billones cada curso hasta 2030 sólo para apoyar el crecimiento económico proyectado a escala mundial. Es decir, para mantener el pulso y que la próxima crisis no la provoque la falta de infraestructuras.

Pero, y siempre según el análisis realizado por esta firma internacional, a pesar de la evidente necesidad de acción, la inversión en infraestructura ha disminuido en 11 de las economías del G20 desde la crisis financiera mundial de 2008. La falta de efectivo de muchos países, lastrados por la caída de ingresos a raíz del desempleo -como el caso español- ha supuesto un frenazo en este tipo de obras públicas de gran calado.

Sin embargo, recuerdan en McKinsey, existen numerosas formas para acometer estas necesarias evoluciones en infraestructuras incluso en tiempos de crisis o de ilusionante recuperación económica, como el actual: desde préstamos a costes muy bajos como los que estamos viviendo hasta la colaboración público-privada (concesiones, autopistas de peaje, cánones a ciertos servicios públicos, venta de activos, etc.).

Por parcelas, y como puede verse en el gráfico superior, el gasto necesario para mantener el nivel de los puertos (principal punto de exportación e importación de mercancías en el mundo desarrollado) se elevará a 9.000 millones de dólares en el período entre 2016 y 2030. Sus hermanos de los cielos, los aeropuertos, harán lo propio en 1,3 billones de dólares para seguir afrontando la escalada de vuelos y pasajeros que se está produciendo desde hace una década. Lo mismo que el ferrocarril, movido por la alta velocidad, que requerirá una inversión de nada menos que 5,1 billones de dólares de aquí a 2030.

Más relevante si cabe es el desembolso que todos los países del planeta deberán hacer para optimizar sus sistemas de agua, especialmente en lo que a canalización y depuración se refiere, con un coste total estimado de 7,5 billones de dólares. En lo que nos ocupa para el desarrollo de la economía digital tampoco nos libramos de rascarnos el bolsillo, con una inversión en nuevas redes de telecomunicaciones a escala global que ascenderá a 8,3 billones de dólares.

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Pero serán las carreteras (faltas de un buen mantenimiento en muchos lugares del planeta debido a los recortes de la crisis) y el sector energético (en plena transformación hacia la producción distribuida y las ‘smart grids’) los que se llevarán la palma de la inversión proyectada por McKinsey: 11,4 y 14,7 billones de dólares, respectivamente. Todo ello arroja una factura total, en estos 24 años que se han analizado, de más de 49 billones de dólares, que se dice pronto.

¿Puede hacerse?

A pesar de que se trata de una suma más que relevante, los expertos consideran que es una inversión asumible por la economía global, máxime ahora que parece que la recuperación está llegando a las principales naciones del planeta.

Sin embargo, los analistas tampoco olvidan que existen numerosas barreras -más allá de la mera financiación- que deben resolverse para poder encarar esta transformación de las infraestructuras con todas las garantías. Ya hemos mencionado la obligación de acabar con los retrasos y sobrecostes injustificados e inasumibles para esta nueva etapa de las obras públicas, pero a ello debe añadirse la necesidad de apostar por la innovación en la fabricación de estas instalaciones (pasando por la impresión 3D o las técnicas de construcción modular) o de que los gobiernos supervisen de forma más estricta esta clase de proyectos. No en vano, McKinsey asegura que un mayor control estatal sobre estas obras podría reducir los costes de una nueva infraestructura en hasta un 40%.

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big de Telefónica, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo y Finalista en los European Digital Mindset Awards 2016.