Tecnología

Un día en los noventa: ¿Cómo era vivir hace 20 años?

Un día en los noventa: ¿Cómo era vivir hace 20 años?

Si te preguntas cómo era vivir en los noventa, la tecnología que alucinaba al mundo o las principales modas que cautivaban a niños y mayores, reconstruimos a modo de ficción un día en la era dorada del furby, los tamagochis y los primeros teléfonos móviles.

Es 30 de abril de 1998. Hace un día lluvioso y revuelves el café en tu taza de Cobi, donde flotan un montón de cereales Frosties. Es jueves, la primavera todavía no ha hecho acto de presencia –el cambio climático todavía se antoja como una lejana nebulosa, un espejismo del que ya advierte la comunidad científica pero que no sale mucho en la tele- y estás triste porque acabas de recordar que hace menos de un mes ha sido el aniversario de la muerte de Kurt Cobain. Tú, que tienes la habitación plagada de pósteres de grunge, que rebobinaste mil veces el cassete de In Utero con un bolígrafo, que cuidas como oro en paño tu camisa de franela, que quieres que en los locales nocturnos suene ‘Smells like teen spirit’ sin fin, hasta llegar al éxtasis. Con razón se llamaban Nirvana, y cuatro años después sigues guardando luto por Kurt.

La Banda del Patio’ comenzó sus emisiones el 31 de agosto de 1997 y terminó el 5 de noviembre de 2001

Aunque ya tengas 20 años, te encantan los dibujos animados. Haces zapping hasta que la pequeña televisión cuadrada de la repisa de la cocina escupa ‘Buscando a Carmen San Diego’ o la ‘Pajarería de Transilvania’. ‘Gárgolas’ también te divierte, pero tus favoritas son ‘Pepper Ann’ y ‘La banda del patio’. A tu lado, tu hermana pequeña chilla porque se le ha muerto el tamagotchi. Otra vez. ¿Cómo alguien puede querer tanto y a la vez cuidar tan mal a su mascota virtual? Tranquila, solamente ha vuelto a su planeta, le dices. Ponme ‘Art Attack’, te pide. Y cedes, porque la opción alternativa es que decida despertar a su Furby, un juguete endemoniado que te recuerda demasiado a los Gremlins, aquellos bichos que conspiraban después de media noche con solo un sorbito de agua y que no te dejaron pegar ojo en la infancia. Menudas pesadillas patrocinaban ellos y el monstruo de los Goonies.

En la versión japonesa, la pantalla mostraba un fantasma y una lápida para explicar que el Tamagotchi había muerto, pero las versiones británicas optaron por un ángel o incluso un ovni, para explicar que simplemente había vuelto a su planeta.

Pones ‘Art Attack’, dejas a tu hermana ensimismada, con el cadáver del tamagotchi descansando al lado de una chocolatina Nestle Jungly e intentando absorber conocimientos para diseñar una nave espacial con papel de aluminio y botellas de plástico. Te pegas una ducha mientras pones en el radiocassete ‘Nevermind’ y sueñas con ahorrar este verano para poder comprarte un discman. Uno azul brillante de Sony que viste el otro día en el escaparate de la tienda de electrodomésticos de la esquina. ¿Será la jubilación definitiva de ese walkman que tantas alegrías te ha dado? Por supuesto, nunca imaginarías que ese comercio cerraría quince años después, con el comienzo de la eclosión del imperio Amazon. Tu barrio cambiará mucho, pero no lo sabes. Se hará más plural pero también más precario. Dirás adiós al ultramarinos Loli, al kiosko donde te dejaste todas las pagas de los domingos en gogos, tazos y cromos -incluso alguna araña pegajosa que acababa estrellada en el espejo del baño y llena de polvo-, al pequeño comercio de revistas de al lado de la iglesia y tu lugar favorito en el mundo, la tienda de discos Mars. Tirarán abajo los mágicos cines Chaplin y levantarán un impersonal Burguer King. En esta década, la heroína barre las calles y la epidemia del sida sigue chupando almas y enterrando jóvenes.

El boom de las cámaras retro y la fotografía vintage

Te pones tu chaqueta de Kappa y la bufanda, que hace fresco. Sales a la calle con los auriculares puestos y disfrutas de la llovizna en la cara. Es jueves, tu día libre, y parece que queda una eternidad hasta regresar mañana al estudio de fotografía donde trabajas contratada por las mañanas. Recuerdas que la semana pasada se te cayó la Polaroid al suelo en un concierto, y temes consultar el precio de la reparación. Das un paseo y le timbras a Lola, que ha secuestrado tu flamante Game Boy desde el fin de semana pasado para darse un buen atracón del Mario Bross. Lola es la persona del mundo a la que más le entusiasman los videojuegos: se crió con pasión por los juegos de Atari, no pierde ocasión de echar una moneda a cualquier máquina de arcade que se tope en su camino y tiene un récord de tiempo pasándose todas las fases del ‘Prince of Persia’. Los noventa son la década dorada de los videojuegos de estrategia: ‘Age of Empires’, ‘Dayt of the Tentacle’, ‘Half-Life’, ‘Final Fantasy’… Eso sí, los más afortunados tienen Nintendo y cuidan los delicados cartuchos como si se tratasen de diamantes.

Fotograma de una vieja consola de Atari

Os vais a tomar una cerveza a la plaza, algo vacía debido a la lluvia. Coméis un bocadillo de tortilla y decenas de aceitunas con un aliño picante. La tortilla está malísima, pero todavía no existe TripAdvisor. Lola te enseña su nuevo flamante Nokia 3310 y te dice que pierde horas de sueño por jugar a una cosa que se llama Snake. Tu no tienes móvil y sueles hacer uso de las cabinas cuando pones los pies en la calle a raíz de tu falta de puntualidad. Reís a carcajadas, comentáis el último episodio del ‘Príncipe de Bel-Air’ y especuláis con la posibilidad de ir al cine esta noche. Hojeáis el periódico. ¿Qué ponen? Una alemana con pintaza que se llama ‘Corre, Lola, corre’, otra nueva de Fernando León de Aranoa. A ti te encanta el cine español y tienes en VHS todas las cintas de Eloy de la Iglesia, levitas con Almodovar y de creer en Dios, pensarías que es Berlanga. A Lola en cambio le pirra todo lo relativo a la ciencia ficción y al espacio: se sabe de memoria todos los diálogos de ‘Star Wars’, sigue gritando con ‘Alien’ y llorando cuando E.T parte rumbo a su casa. Hace poco visteis juntas ‘American History X’ y salisteis de la sala con los pelos de punta. Echarás de menos la impronta personal de los cines de barrio, las butacas rotas, la linterna del acomodador y las palomitas levemente quemadas.

Lola se va a trabajar repartiendo publicidad y tú te largas a dormir la siesta, con la reposición de fondo de un programa de Félix Rodríguez de la Fuente. Tu madre prepara magdalenas con la radio puesta: cuentan que el Gobierno de Aznar está negociando con ETA. Tu hermana hojea un tebeo de 13 Rue del Percebe y se ríe a carcajadas con una viñeta. No sabe que en 2018 sus preciados Polly Pocket se venderán a miles de euros en eBay. Pasa la tarde, ella escribe en su diario electrónico, tú preparas la ruta de la escapada de mañana a la montaña con un mapa y un bolígrafo. No existe Google Maps. Tu padre juega al buscaminas en el ordenador del salón, un prehistórico armatoste equipado con Windows 95 y que te permite dibujar toda clase de garabatos con el Paint. Dentro de dos décadas, los memes y los GIFs serán los reyes del humor online. ¡Por no hablar de los vídeos de gatitos! Y los monitores antiguos parecerán dinosaurios al lado de las pantallas modernas, el ordenador te cabrá en el bolso y podrás trabajar online desde casa o con la ayuda de tu smartphone.

Bajas al videoclub pedaleando en bicicleta y le alquilas a tu hermana Solo en casa -otra vez-. Para ti, ‘Pulp Fiction’, de tus favoritas. Te encanta ver las carátulas de los VHS y por supuesto, no tienes ni la más remota idea de que las cintas de vídeo tienen los días contados, que los videoclubes irán cerrando uno tras otro. Tampoco sabes que la industria del DVD morirá inexorablemente con el avance del streaming y que casi todo tu entorno pagará por tener abierta una cuenta en Netflix o HBO.

Los videoclubes son un imperio en extinción en España

Llamas a Lola para ir finalmente al cine. Pagáis 300 pesetas cada una, un precio irrisorio si tenemos en cuenta que con la llegada del euro, el precio de de las entradas se multiplicará por seis. Algo parecido al tabaco: un paquete de Fortuna te vale el equivalente a 1,32. Luego, volvéis a casa dando un paseo y paráis en el fotomatón a haceros unas fotos que luego acabarán en los corchos de vuestras habitaciones. Dentro de muchos años, Instagram se convertirá en el nuevo fotomatón: algo así como una mezcla entre el patio del colegio y un diario personal que cualquiera puede leer. Pero hoy, no lo sabes, y para ti las fotografías son tesoros que guardar en álbumes, y trabajar revelándolas es un proceso delicado, íntimo y metódico. En el futuro, podrás localizar en Facebook a tus ex compañeros de colegio y ver cómo van sus vidas, ahorrar dinero llevando a gente en tu coche en BlaBlaCar, participar en pujas de toda clase de objetos por eBay o dormir en casa de otras personas gracias a la aparición de Airbnb.

Te asustarías si te contasen que en veinte años los móviles tendrían integradas cámaras mil veces mejores que la tuya, que podrás conocer gente e incluso ligar a través de una aplicación o que un hombre llamado Elon Musk cree que pronto podremos vivir en Marte. En los noventa, vives más fuera que dentro de las pantallas, la nomofobia no existe y si la videoconsola se estropea, siempre queda la opción de sacar el Risk, el Monopoly o el Trivial. No puedes saber qué hacen los famosos a cada minuto porque no existen Snapchat ni Instagram Stories, sales a correr sin poder contar las pulsaciones o medir el gasto de las calorías con un smartwatch y aunque te has visto muchas veces Blade Runner no tienes pánico al avance de la Inteligencia Artificial ni temes que un robot te quite el trabajo.

Cuando llegas a casa todo está en silencio, salvo la lámpara de la habitación de tu madre, que está leyendo. En 2018 comprará libros de segunda mano gracias a Internet y tendrá un Kindle que tú le regalarás. Los coches todavía no volarán, pero casi. Podrás alquilar bicicletas eléctricas y moverte en avión a cualquier parte del mundo por mucho menos dinero del que imaginas. Desahogarás tu rabia por Twitter y tendrás un huerto hidropónico en casa. Seguirás viendo dibujos animados, pero en Youtube. Y te descargarás un montón de aplicaciones para cocinar toda clase de delicias culinarias. También te comprarás la Nintendo NES para quitarte la espinita y divertirte en tus ratos libres. Tu hermana practicará couchsurfing y admirará a los influencers, no se acordará casi de las pesetas y subirá tus fotografías digitalizadas a Tumblr, presumiendo de tu arte.

Pero hoy es 1998, llegas a casa y te toca meterte en cama. Sin notificaciones, ni WhatsApp, ni newsletters, ni nada de ese futuro de casi ciencia-ficción que está más cerca de lo que piensas. Te acuerdas de que ya van cuatro años sin Kurt Cobain y pones la radio para conciliar el sueño. Al menos, las buenas noticias son que el Furby sigue durmiendo.

Zzzzzzzzzzzzzzzz

Imagen Tamagotchi | American Apettite

Imagen Furby | Hanjo Winter

Sobre el autor de este artículo

Andrea Núñez-Torrón Stock

Licenciada en Periodismo y creadora de la revista Literaturbia. Entusiasta del cine, la tecnología, el arte y la literatura.

3 Comentarios

  • Gracias Andrea por este viaje al pasado cargado de nostalgia. Me he sentido identificada en muchas de las cosas que cuentas y que buen viaje me has dado este lunes 🙂

  • Andrea, qué hermosa nota; me has transportado a un sinfín de recuerdos… gracias por eso!! Saludos desde Argentina.