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Rusia sería el origen de la nube radioactiva que cubrió Europa estas últimas semanas

Escrito por Marcos Merino

El sur de los Urales podría ser el punto de origen de la misteriosa nube de rutenio-106 que no llegó a ser una amenaza para la salud pública.

Aunque no ha sido muy comentado en los medios (dado que nunca llegó a constituir una amenaza para la salud pública) entre finales de octubre y mediados del pasado mes de noviembre la mayor parte de Europa ha estado bajo los efectos de una leve nube radioactiva: la Oficina Federal de Protección Radiológica y Seguridad Nuclear de Alemania anunció la semana pasada que había detectado en esas fechas niveles de radioactividad por encima de lo normal dentro de su territorio. Otros avisos similares fueron publicados por organismos italianos, austriacos, suizos o franceses.

Precisamente ha sido el Instituto de Protección Radiológica y Seguridad Nuclear de Francia quien ha hecho público en estos días el origen de la misteriosa nube tras monitorizar información procedente de varios países europeos: un supuesto accidente en unas instalaciones nucleares rusas del que el resto de países no tuvo noticia alguna. Ha sido imposible precisar el punto concreto en que habría tenido lugar, más allá de que se encuentra en algún punto entre el sur de los montes Urales y el río Volga. La partícula detectada en la nube fue un isótopo denominado Rutenio-106, que ya se había hecho presente en la atmósfera de Europa hace 31 años, tras la catástrofe de Chernóbil.

Que Rusia haya podido sufrir un accidente relacionado con la energía nuclear y que éste haya sido ocultado a los países vecinos no supone una novedad para nadie: ya en 1957 la URSS sufrió el conocido como ‘accidente de Kyshtym’, que obligó a evacuar a 10.000 personas, a las que se les ocultó la razón de tal evacuación (como ya se les había ocultado antes que se estaba vertiendo sin control agua radioactiva al río más cercano). El de Kyshtym fue durante muchos años (hasta Chernóbil) el peor accidente nuclear jamás sufrido, y Occidente no tuvo conocimiento del mismo hasta 18 años después, gracias a la información ofrecida por un científico ruso exiliado.

Vía | La Tercera

Sobre el autor de este artículo

Marcos Merino

Marcos Merino es redactor freelance y consultor de marketing 2.0. Autodidacta, con experiencia en medios (prensa escrita y radio), y responsable de comunicación online en organizaciones sin ánimo de lucro.