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Ludismo 2.0: ¿tiene sentido aporrear coches autónomos?

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Escrito por Eduardo Álvarez

La llamada Tercera Revolución Industrial promete muchas cosas buenas y malas, como por ejemplo destrucción de empleo. ¿Tiene sentido el ludismo en pleno 2018?

La Tercera Revolución Industrial está a la vuelta de la esquina. Así es como se ha acordado en llamar a la revolución tecnológica, económica y laboral del software, especialmente de la Inteligencia Artificial, uno de los principales avances tecnológicos de este milenio.

¿Cuál es el problema? Que por primera vez en más de un siglo, los trabajadores -y por extensión toda la sociedad- tienen miedo. Miedo a perder su puesto de trabajo a manos de “los robots”, aunque no debamos imaginar a un aparato metálico de aspecto humanoide sino más bien a un programa informático ejecutando operaciones a toda velocidad.

Las consecuencias de la Inteligencia Artificial y la Tercera Revolución Industrial sobre el empleo han sido calculados minuciosamente, aunque esta tecnología aún está en una fase temprana de desarrollo, en la que se intuye poco sobre qué ocurrirá, pero algo se intuye. Por ejemplo, se habla de millones de puestos de trabajo destruidos a corto y medio plazo, una auténtica tragedia, ¿o no?

En cualquier caso, mucha gente parece tenerlo claro: se avecina una época de despidos, desempleo y pobreza por culpa de las “máquinas”, y eso ha hecho salir a la luz el neoludismo, el ludismo 2.0 traído directamente desde finales del siglo XIX. Por ejemplo, en California los coches autónomos han sido atacados y aporreados literalmente por los ciudadanos.

¿Tiene sentido resucitar el odio por la automatización del trabajo gracias a la tecnología? Lo analizamos.

Una bomba de relojería a corto plazo

Desde que comenzó la crisis, allá por 2008, la desigualdad socioeconómica en muchos países –entre ellos España– no ha hecho más que aumentar. Esto siempre introduce tensión social, enfrentamientos entre ganadores y perdedores de la economía, algo que se agravará aún más a corto y medio plazo.

La tecnología va a suprimir millones de puestos de trabajo, algunos de ellos ya mismo. Prácticamente cualquier trabajo rutinario será realizado por una máquina y un software altamente especializado, por lo que los empleos más afectados por la automatización serán los de menor cualificación. Como siempre, el mercado laboral se rompe por el eslabón más débil.

Esto significa que un sector de la población crecientemente empobrecido en la última década vivirá aún décadas duras, con altísimo desempleo y la necesidad urgente de una reconversión a otros sectores, una auténtica bomba de relojería social que está a punto de explotar.

¿Qué se puede hacer? Simplemente hacer pivotar por completo la economía y el mercado laboral. Teniendo en cuenta que un alto porcentaje de la mano de obra disponible quedará desocupada, hay que redirigirla hacia nuevos puestos de trabajo, aunque existe una dificultad: los empleos en peligro por la Tercera Revolución Industrial son de baja cualificación, mientras que los que se crearán son altamente cualificados.

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Para poner un ejemplo más práctico: un empleado de una hamburguesería será probablemente sustituido por una pantalla táctil, pero ¿cómo se puede hacer que este mismo empleado pase a ser el desarrollador del software que hace funcionar esa pantalla? Es complicado.

He aquí la cuestión: durante unos años, no se sabe exactamente cuántos, habrá una cantidad nada despreciable de la población expulsada del mercado laboral, posiblemente en condiciones económicas duras.

Este panorama apocalíptico será equilibrado a medio plazo, cuando la nueva mano de obra se centre en desarrollar carreras profesionales no amenazadas por el software y la IA, pero tomará su tiempo. Mientras tanto, la solución política debería ser proporcionar una forma de ganarse la vida a estas personas, de ahí que recientemente hayan surgido propuestas como la renta básica garantizada. No hay que olvidar que la economía se basa en el consumo, y que si los marginados del mercado laboral no consumen, no hay economía.

Imagen: Marta Nimeva / Flickr

Conclusión: ¿tiene sentido apalear máquinas en pleno siglo XXI?

Tras esta breve presentación del panorama laboral y socioeconómico que podemos esperar de las próximas décadas, respondemos a la pregunta con la que abrimos: ¿qué sentido tiene aporrear coches autónomos? ¿Son un peligro las máquinas y la automatización para el bienestar social?

La Tercera Revolución Industrial es imparable y ha llegado para quedarse. Evitar que millones de empleos sean sustituidos es imposible, o casi, pero se puede hacer que la transición hacia una nueva economía con los mismos o más empleos y mejor bienestar para todos sea más suave con medidas para paliar los efectos negativos sobre los más vulnerables.

Estas medidas son de corte político y económico, no tecnológico. Los desarrolladores de software no van a crear inteligencias artificiales más “tontas” para evitar que la gente pierda su empleo, pues su empleo depende de crear la mejor IA posible. Lo que sí debemos hacer es exigir medidas para evitar sacrificios innecesarios.

Y entre estas medidas no está la de aporrear máquinas, como seguramente hayas intuidoLa automatización tiene una palabra clave en economía: productividad. Cuando un trabajo se automatiza permite producir más con mucho menos esfuerzo, y eso genera un beneficio evidente: hay mano de obra que se puede dedicar a otra labor en la que hace más falta y aumentar la productividad del conjunto de la sociedad.

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¿Cuál es el auténtico problema? El reparto de los beneficios generados por esa productividad. Los trabajadores ven con malos ojos la llegada de la Tercera Revolución Industrial porque prevén quedarse sin trabajo y que los beneficios generados por esa “máquina” no van a repercutir positivamente ni sobre él ni sobre los demás colectivos afectados.

En pleno siglo XIX, los trabajadores ludistas destruyeron máquinas porque veían una amenaza para su puesto de trabajo, y lo eran. Ciertamente hubo años duros, innecesarios y que esperemos no se vuelvan a repetir, pero a medio plazo la economía se reequilibró y la mano de obra pasó a ocuparse en otros menesteres más necesarios.

Lo mismo debe ocurrir ahora, aunque si algo hemos aprendido en este siglo largo desde entonces es que no se puede dejar a un porcentaje alto de la población a su suerte. Para evitarlo, de nada sirve tratar de frenar a coches autónomos o a pantallas táctiles: es necesario tomar medidas para redistribuir el mercado laboral de forma más justa para todos, es decir, reconvertir a trabajadores lo antes posible y hacer que la mejora de la productividad repercuta positivamente en todos.

Sobre el autor de este artículo

Eduardo Álvarez