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Exoesqueleto, saque de honor y polémica en Brasil

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Escrito por Marcos Merino

Un exoesqueleto ayudó a un parapléjico a hacer el saque de honor de la inauguración del Mundial 2014. Un hecho, lamentablemente, rodeado por la polémica.

El saque de honor de la inauguración del Mundial 2014 prometía ser un momento épico: hace dos años, el neurocientífico brasileño Miguel Nicolelis había anunciado una iniciativa para lograr que la patada inicial al Brazuca (el balón distintivo de esta Copa del Mundo) lo realizara un parapléjico dotado de un exoesqueleto. Querían lograr una imagen potente ante los ojos de los espectadores de todo el mundo, que simbolizara tanto la capacidad de superación del ser humano como la propia pujanza tecnológica de Brasil.

Quienes presenciaron la inauguración del Mundial de Brasil a través de sus televisores ya saben que no fue así. La iniciativa de Nicolelis fue un fracaso… por múltiples razones:

No hubo imagen potente ante los ojos del mundo

En lo que fue, posiblemente, la mayor -que no única- polémica de la inauguración del Mundial, los espectadores sólo vieron unos pocos segundos a Juliano Pinto (el parapléjico protagonista de la iniciativa, elegido entre ocho voluntarios), y además se perdieron el histórico chut: a los responsables de la realización sencillamente “se les pasó” (uno de ellos ha sido ya despedido).

Posiblemente contribuyera al escaso protagonismo de la escena el hecho de que, en contra de lo anunciado, el saque de honor no se realizara desde el centro del campo, sino desde el borde: la organización no había previsto que los 70 kilos de exoesqueleto, sumados al peso de su ocupante, podían hacer estragos en el césped del campo poco antes del partido inaugural.

El exoesqueleto tampoco cumplió lo prometido

De todos modos, aunque hubiera tenido toda la atención mediática necesaria, Nicolelis no le hubiera podido dar al mundo lo que prometió en 2012 (además, con palabras bastante grandilocuentes: “Será como poner un hombre en la Luna […] el final de las sillas de ruedas”). La idea de este neurocientífico de la Universidad de Duke era aplicar en humanos una técnica que ya había usado exitosamente con monos: implantar electrodos en el cerebro del paciente y conseguir enlazar directamente sus neuronas y el exoesqueleto robótico. Es decir, andar con el pensamiento.

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Pero los planes de Nicolelis fueron cambiando según se acercaba la fecha inaugural: sustituyó los implantes cerebrales (que requerían de intervención quirúrgica) por un gorro con electrodos que pudiera leer los impulsos eléctricos superficiales, una tecnología cuya deficiente precisión había criticado el propio Nicolelis varias veces a lo largo de su carrera. y es que a las prisas se unió otro elemento: el comité de ética que supervisaba su experimento le puso numerosos impedimentos para aprobar la cirugía necesaria para instalar los implantes cerebrales en adolescentes. En unas declaraciones a Next, el también brasileño Eduardo Rocón (del grupo de Bioingeniería del CSIC) se mostraba a favor de la decisión del comité: “No hay un sustrato científico que justifique implantar electrodos en algo que está claro que es un espectáculo“.

La cercanía de la inauguración también terminó rebajando el tono de Nicolelis, que dejó de hablar de hitos científicos y hechos históricos para centrarse en el hito personal de la persona voluntaria y en la visibilidad que esa imagen daría a los más de 20 millones de parapléjicos de todo el mundo, así como a las soluciones que la ciencia les podía ofrecer.

Dicho así, desde luego, no era poco.

El drama es que tampoco hubo imagen.

Sobre el autor de este artículo

Marcos Merino

Marcos Merino es redactor freelance y consultor de marketing 2.0. Autodidacta, con experiencia en medios (prensa escrita y radio), y responsable de comunicación online en organizaciones sin ánimo de lucro.