Tecnología

¿De qué hablamos cuando hablamos de economía colaborativa?

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Escrito por Marcos Merino

Se ha convertido en una etiqueta de moda que se usa con gran facilidad. Pero, ¿representan Uber o Airbnb a la economía colaborativa?

Desde hace unos meses, los debates y referencias a la economía colaborativa son constantes en los medios especializados en tecnología y negocios: su auge como modelo de negocio y, sobre todo, sus polémicas legales en torno a su adecuación al marco legal de varios países (entre ellos el nuestro), la han convertido en una etiqueta de moda, que acapara titulares y que todo el mundo parece tener muy claro a qué se refiere. Pero… ¿de verdad lo tenemos tan claro? ¿Sabemos de qué hablamos cuando hablamos de economía colaborativa? ¿O estamos abusando del término de moda como antes hicimos con “emprendedor”?

Tomemos el caso de Uber, ejemplo por excelencia de las polémicas surgidas en torno a la economía colaborativa gracias a la oposición de los taxistas europeos, su cierre cautelar en España y crisis de reputación varias. No cabe duda de que Uber representa un nuevo modelo de negocio capaz de aprovechar el potencial de Internet para mejorar la oferta a los consumidores… pero si damos por buena la definición de “economía colaborativa” como aquella en que los consumidores y empresas ofrecen a los demás el acceso (de pago o no) a sus activos físicos infrautilizados, se hace evidente que muchas empresas se están sumando a una etiqueta que no les corresponde, pero que resulta atrayente por las connotaciones positivas de la ‘colaboración’.

Uber ofrece múltiples servicios de transporte: Uber Black, UberPOP, UberPool, etc. UberPOP es su servicio principal y más polémico… y desde luego no cumpliría las condiciones de la definición anterior: no hay un activo infrautilizado implicado, dado que no estamos hablando de coches que habrían hecho un viaje sí o sí, con independencia de la reserva hecha por un usuario desde la app (sí que cumpliría esa condición, por ejemplo, Blablacar). UberPool, un servicio aún no ofrecido en España sería un caso diferente: permite coordinar a varios pasajeros para compartir un taxi. Ahí sí hablaríamos de economía colaborativa.

¿Y qué pasaría con Airbnb? Pues depende: en este servicio podemos encontrar tanto a gente que alquila su casa mientras reside temporalmente (por un viaje) en otro lugar, y gente que vive de forma permanente en otro lugar y dedica otro inmueble específicamente al alquiler, no como un aprovechamiento de un recurso infrautilizado, sino como un pequeño hotel ilegal. En el primer caso estaríamos hablando de economía colaborativa (la primera vivienda, temporalmente vacía); en el segundo, no.

Obviamente, encontraremos muchas plataformas y aplicaciones en los que no podamos trazar una frontera clara y definida sobre su adscripción a la economía colaborativa, y no pasa nada: estamos ante un sector naciente y evolución. Pero es importante no perder de vista el concepto, porque entonces despojaremos a la exitosa etiqueta de todo su valor. Y resultará imposible definir el debate público cuando los defensores de lo colaborativo deban hacer frente a legislaciones dañinas para la innovación y el emprendimiento.

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Sobre el autor de este artículo

Marcos Merino

Marcos Merino es redactor freelance y consultor de marketing 2.0. Autodidacta, con experiencia en medios (prensa escrita y radio), y responsable de comunicación online en organizaciones sin ánimo de lucro.