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Conversación real versus digital: el origen de los malos comentarios

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Escrito por Mihaela Marín

Si algo puede distinguir una conversación real y una virtual es el lenguaje no verbal. Los gestos sirven de guía para los participantes al diálogo, estos miran las señales de su compañero y entienden mejor los detalles menos visibles de los mensajes transmitidos. Por otro lado, ofrecen datos importantes sobre la persona con la que estamos hablando. Uno de los indicios del estado emocional de una persona se advierte no tanto en cómo habla, sino más bien en su postura corporal.

Cuando se pasa al canal digital, como en el caso de la comunicación a través de las redes sociales, la transmisión del mensaje no es la misma que en la vida real, a pesar del progreso que hemos hecho hacia una conversación masiva, barata y casi en tiempo real.

La democratización de la web ha sobrepasado las barreras de distancia física. Ahora podemos conversar con una persona de otra parte del mundo, pero no podemos comprobar su identidad y tampoco lo que nos está diciendo. Eso, en gran parte, se debe a la desaparición de la fuente de datos alimentada por el lenguaje no verbal. En la opinión de algunos expertos, este aspecto puede explicar por qué algunas  plataformas online amplifican el comportamiento antisocial, lo que muchas veces puede resultar en un tono de conversación “duro e implacable”.

Las interacciones entre personas que participan físicamente a la conversación cuentan con una gran variedad de señales discretas que pueden ser captadas analizando el lenguaje corporal. Estas pueden variar desde expresiones faciales que nos indican cuando el interlocutor está de acuerdo con el mensaje recibido o no confía en lo que le contamos hasta posturas corporales muy significativas. El mismo comportamiento se traslada a los gestos, como puede ser el caso de una persona que da un paso para atrás sugiriendo que se retira o necesita una pausa o en caso opuesto, una que da un paso para adelante para intimidar o hacer una invitación al otro.

Todos estos indicios quedan ocultos cuando nos dirigimos a alguien a través de una conversación virtual. Es imposible saber si el perfil del interlocutor es verdadero o falso o si está siendo sincero en sus opiniones, puesto que nos faltan las evidencias no verbales: “No hay oportunidad de leer los gestos, el lenguaje corporal o la fonética para alinear la conversación y mantenerla en la buena vía. Sólo existe lo que queda en el muro, sujeto a múltiples interpretaciones y malentendidos”, sostiene en su artículo Vincent Hendricks, profesor de Filosofía Formal en la Universidad de Copenhague.

A raíz de la confusión creada por la opacidad del acto de comunicación online nace el miedo de si de verdad nos hemos hecho escuchados y con ello el deseo de decir lo que queremos alzando más la voz: “Y cuando lo haces, has establecido el tono y el estándar. Por lo tanto, si dices algo de forma grosera y dura, es probable que vayas a recibir lo mismo y es difícil volver de nuevo a algo que es más  flexible ahora que está por escrito”.

Trasladar las reglas del ‘offline’ al ‘online’

La misma dificultad de mantener un flujo normal de diálogo existe cuando las personas no están realizando el “juego” de preguntas y respuestas de una conversación entre personas que participan físicamente.

En el medio online es imposible conseguir una coordinación parecida, pues hay un número mayor de participantes que intervienen en intervalos de tiempo distintos, lo que hace muy fácil perder los hilos del tema del que se está hablando. Delante de una situación así los comentarios duros no están excluidos del repertorio de algunas personas que deciden destacar sus propias opiniones en un “mar” de ideas distintas.

Está claro que el modelo de comunicación virtual no puede compensar la característica más importante del diálogo en la vida real: el contacto con la persona. Este acercamiento nos aporta una gran parte de lo que necesitamos saber para encauzar el intercambio de mensajes en una dirección que beneficien mejor a los participantes, a diferencia de una interacción virtual en la cual se crearían muchos “vacíos” debido a una situación comunicacional incompleta.

En este contexto es muy posible que seamos testigos de comportamientos que, en la vida real, estarían atenuados por el propio conjunto de valores de cada uno. Lo que se aconseja es algo que difícilmente se podría aplicar, pero no es imposible: “La regla de oro para la conversación online debería ser: si no lo dices cuando estás durante la cena en tu casa o entre tus amigos, no lo digas online tampoco. De esa manera todos nos volvemos más sabios y así podemos intercambiar opiniones independientemente de si estamos de acuerdo o en desacuerdo, online u offline.”

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Sobre el autor de este artículo

Mihaela Marín

Mi interés por la tecnología ha nacido cuando me he dado cuenta de que nos permite ver el lado escondido de la realidad. Todavía quedan muchas cosas por descubrir y suficiente curiosidad para entender lo que realmente somos. Especializada en Periodismo y Marketing, he podido compartir experiencias con profesionales del mundo empresarial tecnológico. Siempre en búsqueda de ideas, escribo para hacer conocido el trabajo innovador, capaz de cambiar los problemas en soluciones.