Tecnología

Cómo la guerra ha tomado el ciberespacio

Escrito por Raquel C. Pico

“Hace diez años esto era el terreno de los hackers. El juego ha cambiado. Los países han entrado”, explica Jarno Limnéll, de Stonesoft

Especial desde Helsinki

Fueron un par de horas: un movimiento limpio, sentados en una cálida sala mientras fuera la nieve se amontonaba en las esquinas de las calles. Guiados por un experto en seguridad en red, avanzamos hasta llegar al centro de control de una central eléctrica, hackeando contraseñas e irrumpiendo allí donde nadie nos esperaba. Fue sencillo (partiendo de que éramos ayudados por una mano experta), fue simple (hay herramientas en internet que permiten solventar cualquier dificultad que surgiese en el camino) y fue bastante impactante. Poco después de comer estábamos dentro y teníamos en nuestras manos el poder apagar todo el suministro eléctrico de la ciudad. Algo que por supuesto hicimos porque, durante aquellas horas, todos nosotros éramos cibercriminales.

La ciudad a oscuras era una práctica de Hack the Lab, el laboratorio con el que Stonesoft demuestra, en su sede en Helsinki, todo el mal que pueden hacer los ciberdelincuentes. Los criminales éramos, en realidad, unos periodistas dispuestos a dejarnos sorprender por lo sencillo que resulta para un malvado de la red ejecutar sus intenciones. El experto era, al final, alguien del otro lado, un crack en luchar contra las amenazas en red. Aunque los cibercriminales lo hacen mucho más despacio que lo que nosotros hicimos nuestra práctica (cuanto más poco a poco se vaya, menos posibilidades hay de que las víctimas se den cuenta), la posibilidad de que ellos también lleguen a apagar una infraestructura crítica es muy real.

El mundo del hampa virtual ya no busca únicamente robar números de tarjeta de crédito, convencer al incauto de que es un rico – y apurado – príncipe nigeriano que necesita sacar del país millones de euros o hacerse con direcciones de correo electrónico de forma masiva. Ahora, el cibercrimen va mucho más allá e implica a muchos y más diversos actores. “Muchas cosas están pasando ahora mismo en diferentes partes del mundo”, explicaba a los medios antes de lanzarse a la aventura práctica Jarno Limnéll, de Stonesoft, doctor en ciencia militar y experto en ciberguerra. “La guerra está yéndose ahora al mundo digital“, añade Limnéll, recordando el impacto que ha tenido en el ciberespacio el conflicto este Hamas e Israel. “Muchas de las cosas que ocurren no las conocemos y cuando lo descubrimos no sabemos quién está detrás”. “Hace diez años esto era el terreno de los hackers. El juego ha cambiado. Los países han entrado”, indica.

Ciberseguridad se ha convertido en un término “caliente”, en un tema del que todo el mundo habla y sobre el que mucho empiezan a preocuparse. A los cibercriminales de siempre se han sumado ahora organismos y países que luchan entre ellos desde la red (de una forma limpia, casi aséptica) y empresas que pierden o roban información confidencial y otros elementos clave empleando internet. Estos ataques pueden desestabilizar países, empujar a compañías a la bancarrota o aumentar la tensión en determinadas zonas. El apagón al que fue sometida Estonia hace unos años o el eco en internet que tuvo la guerra veraniega entre Georgia y Rusia poco después fueron la avanzadilla de lo que se está viviendo ahora. Arabia Saudí vio como su empresa petrolera clave era hackeada, Irán cayó ante Stuxnet y Francia podría haber sido espiada por Estados Unidos, sólo por poner algunos ejemplos de algunos de los últimos titulares sobre este tema.

Según Limnéll, ante la amenaza de ciberconflictos hay que plantearse, de entrada, varias cosas. La primera es que nadie sabe en realidad quiénes son sus enemigos. “Sabes cuantos militares, cuantos tanques o incluso cuales son las técnicas de combate de un país, pero la situación es muy diferente cuando hablas de ciberseguridad”, apunta. “Los estados no saben qué capacidades tienen los otros”. Más o menos cada país europeo tiene una estrategia en ciberseguridad y más o menos todos están protegiendo sus infraestructuras críticas, explica, pero poco se sabe sobre hasta dónde podrían llegar o qué podrían frenar. Además, cualquier país puede ser en realidad una potencia en ciberguerra: tener o no un ejército tradicional muy potente no tiene nada que ver con lo que se puede hacer en la lucha en la red.

Por otra parte, también hay que plantearse el saber dónde está el límite. Internet es un eco del mundo real, por lo que cualquier amenaza en red tiene un eco en el mundo tangible. ¿Cuándo un ataque en el ciberespacio puede convertirse en una declaración de guerra tradicional? “La ciberseguridad será lo que más fuertemente cambie nuestra percepción de seguridad en el futuro próximo”, apunta. “Esto no es mi trabajo. Es la realidad: hay una ilusión de seguridad en el ciberespacio”. Hasta ahora, explica, no hemos visto nada realmente impactante sobre los conflictos que ya ha habido en la red. No hay fotos dramáticas, no hay consecuencias humanas. Todo ha sido aséptico y virtual. “Pero hoy todo está online, esto es algo que concierne a todo el mundo”, añade. “El mundo físico y el digital no están separados y en los próximos años estarán más próximos”.

Se depende de la red para todo, se está viviendo una escalada de armamento y contrarmamento en los diferentes países y han desaparecido las barreras de tiempo y  geográficas. Si el primer ministro británico hablaba hace poco del riesgo que puede suponer un ataque a la red, si se puede hablar del posible futuro “ciber Pearl Harbor”, es porque el tema de la seguridad merece ser “tomado en serio”. “Puedes atacar desde el otro lado del mundo y no ser pillado”.

El problema no es únicamente un reto para los países, también para las empresas. El espionaje empresarial está a la orden del día, con robos de propiedad intelectual vía internet como elemento creciente y con posibles consecuencias económicas más que importantes para las corporaciones. Sólo en Australia, un estudio demostró que las pérdidas que las empresas sufrían por espionaje y cibercrimen estaban en los 112 dólares por australiano.

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Raquel C. Pico