Cómo Kim Dotcom (y familia) está intentando conquistar Twitter

Kim Dotcom, “fundador de Megaupload y luchador por la libertad” como se caracteriza a si mismo, ha descubierto las bondades de las redes sociales. El consejero delegado de lo que él mismo define como un servicio de almacenamiento en la nube (y el pirata más malvado de la industria paralela de los contenidos audiovisuales de origen dudoso, como apunta la industria del cine) tiene ya una cuenta en Twitter, ha abierto las puertas de su casa vía reply a sus followers y seguidores en el más amplio sentido de la palabra y ha empezado a demostrar (fotos de sus hijos y esposa mediante) que no es ese demonio pirata que la industria quiere mostrar. Dotcom ha descubierto el potencial para su causa de las redes sociales.

Y así , si cuando fue detenido por mucho que se buscase en Google alguna imagen de su familia directa (probando con todas las traducciones posibles que se pasasen por la mente) era imposible, pocos meses después es posible no sólo poner cara a sus cinco hijos y a su mujer Mona, sino también seguirla a ella en Twitter (una cuenta menos popular que la de su marido) e incluso – si se está en Nueva Zelanda – encontrarse con Dotcom siguiéndole la pista en la red social de microblogging.

Dotcom se estrenó en Twitter el pasado 18 de junio. “Aquí Kim Dotcom. Sígueme para actualizaciones directas sobre Mega, mi próximo disco y web personal y sobre lo que está sucediendo en mi loca vida”. Menos de medio mes después, Dotcom tiene 46.416 seguidores, tuitea a un ritmo bastante constante y ha demostrado que Instagram es su aplicación favorita (todos los días sube bastantes imágenes empleando la app para fotos retro). Cuando fue detenido, el inventario de los productos incautados (coches con matrículas llamativas, obras de arte de dudosa belleza, etc) dieron una imagen de riqueza (con un ligero punto hortera) que no conseguía casar muy bien con la imagen que Dotcom y sus abogados intentaban proyectar del dueño de Megaupload.

Kim Dotcom en los cuarteles generales de Mega

Kim Dotcom en los cuarteles generales de Mega y en una de las escasas fotos en Twitter en las que no sale su familia

Mientras las autoridades estadounidenses le acusaban (y no muy bien: un tribunal acaba de determinar que hubo errores en la fórmula) de enriquecerse – mucho – gracias a los usuarios que subían contenidos que infringían el copyright a su servicio de almacenamiento en la nube, él apuntaba que no tenía más que un negocio legítimo, que no podía ser responsable de todo lo que sus clientes compartiesen y que en absoluto desdeñaba a la industria de la música o del cine. De hecho, afirmaba entonces, estaba a punto de lanzar un servicio que pagaría directamente a los artistas (y de artistas conocidos se había rodeado en la canción de Megaupload, un hit de YouTube con historia complicada).

Sin embargo, la imagen que habían recibido los internautas de Dotcom (su nombre legal tras la nacionalización neozelandesa) no estaba muy en la línea con esa idea de emprendedor de la red. Todo lo que se sabía – y veía – de Dotcom era que vivía en el lujo extremo, que había protagonizado fotos – ¿por qué no decirlo? – chonis en su jet privado y que era el clásico estereotipo de nuevo rico de origen dudoso.

Twitter está intentando redimirlo. Además de defender su posición como adaliz de la libertad en red, Dotcom demuestra que no es tan peligroso como las autoridades lo pintan (todas sus cuentas fueron bloqueadas en un primer momento y se le impidió el acceso a internet: ahora tiene una paga de 36.800 euros y acceso a la red) sino que es un tranquilo hombre de familia, que vive con sus cinco hijos y que espera lanzar en breve Megabox, el servicio online en el que supuestamente estaba trabajando cuando el FBI irrumpió en su casa y con el que quiere revolucionar el mercado de la música. También comparte información, como su encuentro con Steve Wozniak y que ha sido incluido en un listado con las 100 personas en las que más confían los neozelandeses, y responde a todas las dudas que la gente le quiera preguntar.

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