Energía Innovación

Cómo el Internet de las Cosas puede ayudarnos a reducir las emisiones de CO2

Ciudades, campos y bosques son los terrenos donde el Internet de las Cosas puede contribuir a que nuestro planeta respire mejor.

Cada año se emiten más de 35,7 gigatones (GT) de dióxido de carbono a la atmósfera, según el informe Reaching Peak Emissions, cifra que otros estudios ascienden a 50 GT anuales. Una cantidad descomunal que ha acelerado el calentamiento global del planeta, con sus consiguientes problemas: deshielo de los polos, subida del nivel del mar, temperaturas extremas y fenómenos atmosféricos adversos con mayor frecuencia. Tras la salida de Estados Unidos del Acuerdo de París, los retos para contener esta escalada en las emisiones de gases de efecto invernadero se han hecho todavía más esenciales.

Una necesidad que también se ha convertido en una oportunidad para aplicar las nuevas tecnologías en esta suerte de batalla contra el destino de nuestro medio ambiente. Y, en concreto, utilizar el enorme potencial del Internet de las Cosas para ayudar a empresas, organismos públicos y la sociedad en general a reducir sus emisiones contaminantes a la atmósfera, a minimizar su huella ambiental.

Según un reciente estudio de Ericsson, las TIC en su conjunto podrían reducir las emisiones de CO2 en un 15 % de aquí a 2030, una cantidad mayor que toda la huella de carbono conjunta de la UE y EE.UU, siendo la mayor parte de ese montante derivado de la introducción de dispositivos conectados en las distintas industrias. Una solución accesible, viable económicamente y escalable para proteger nuestro planeta.

¿Se puede comprar y vender CO2? El otro lado del cambio climático

Por ejemplo, el Internet de las Cosas facilitará la monitorización del medio ambiente a las entidades dedicadas a la silvicultura y la protección de la diversidad. Empresas como la estadounidense Rainforest Connection ya están trabajando en esta línea: convierten viejos smartphones en sistemas de escucha remota para detectar la tala ilegal de árboles en bosques y selvas. Por el momento, ya han llevado esta tecnología al Amazonas o a la región de Kalimantan en Indonesia, dos de los pulmones verdes de la Tierra.

Pero la verdadera revolución por la sostenibilidad provendrá de la introducción del IoT en el sector agrario, especialmente en los países subdesarrollados done estas prácticas suelen ser más agresivas con el entorno. La agricultura de precisión, lograda gracias a dispositivos conectados que monitorizan las condiciones externas en tiempo real, permite limitar al mínimo el uso de plaguicidas, fertilizantes y agua. En paralelo, también se puede reducir la superficie a explotar, evitando la deforestación de zonas especialmente ricas en recursos forestales.

Si dejamos el campo y volvemos a las ciudades -donde se produce gran parte de las emisiones de CO2 en la actualidad) también vemos cómo el IoT está ya impactando (y más que lo hará) en la gestión medioambiental. Desde las smart grids (redes eléctricas de nueva generación, constantemente monitorizadas y gestionadas de forma automática) hasta los sistemas domésticos de eficiencia energética (sensores para las smart homes que reducen el consumo eléctrico), muchas son las aplicaciones concretas -también en la incipiente industria 4.0- que ya podemos ver en nuestro día a día. Sin olvidar su extensión a gran escala, por toda la urbe, mediante el desarrollo -dentro del amplio concepto de las smart cities- de sistemas de detección de posibles gases contaminantes que ayuden a tomar mejores decisiones a los gobiernos municipales.

Eso es, por ejemplo, lo que está llevando a cabo la Oficina de Protección Ambiental de Beijing (BEPB) y otras autoridades municipales de China junto a IBM dentro de su iniciativa Green Horizons: una red de sensores repartidos por Beijing proporcionan los datos de contaminación en tiempo real que necesitan los gestores para restringir el tráfico rodado o establecer medidas de eficiencia energética más estrictas en los edificios públicos.

Fuentes |  Ericsson, el Foro Económico Mundial, IBM y la Wildlife Conservation Society.

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big de Telefónica, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo y Finalista en los European Digital Mindset Awards 2016.