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¿Qué ha sido del empuje de los BRICS, diez años después?

Imagen de un encuentro de los BRICS

Analizamos la ralentización -y en algunos casos, el declive- económico de los llamados BRICS (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica), los emergentes llamados a comandar la economía mundial.

Si la caída del muro de Berlín y la desaparición de la URSS supuso la consolidación de Estados Unidos como potencia económica hegemónica, el siglo XXI nos prometía una revolución aún mayor, en la que el epicentro de la actividad industrial y comercial pasaría a estar en algunos de los mercados emergentes, conocidos como los BRIC (Brasil, Rusia, India y China) o BRICS, si también se incluye a Sudáfrica. Estas naciones estaban llamadas a suceder a las antiguas locomotoras europeas y norteamericanas e, incluso, firmas del prestigio de Goldman Sachs llegaron a afirmar que los BRIC serían las cuatro economías dominantes en el planeta de cara al año 2050.

Su enorme población (o traducido en escala económica: su ingente mercado interno) y sus posiciones estratégicas en América Latina, Euroasia, Asia y África, convertían a estos países en todo un reclamo para la internacionalización y el comercio exterior. Más aún si se tiene en cuenta que estas naciones -especialmente en el caso chino- fueron los principales motores de crecimiento del mundo entero en la última década, con incrementos de su PIB de doble dígito de manera sostenida.

Tal fue el empuje de los BRIC (quienes deben su nombre al economista Jim O’Neill, que acuñó este acrónimo en 2001) que la colaboración entre estos cuatro países se institucionalizó y se celebraron reuniones paralelas entre ellos para afrontar alianzas comerciales y posiciones comunes ante otros encuentros de mayor calado, como las cumbres del G8 o el G20, así como en decisiones de la ONU o el Fondo Monetario Internacional. Este selecto grupo de países emergentes aceptó, además, la incorporación de la ya mencionada Sudáfrica en 2010, ampliando así las miras del grupo a un nuevo continente.

Como es obvio, los BRICS no fueron ajenos a la profunda crisis económica que azotó al conjunto de la Tierra desde el año 2008 -y cuyas repercusiones aún sufren muchos países, como España-. Todos ellos ralentizaron su crecimiento industrial y vieron cómo caían las inversiones extranjeras en sus empresas. Sin embargo, nada hacía pensar en que la crisis pudiera suponer un freno importante en su imparable ascenso, ya que sus bancos estaban a salvo de los problemas de las hipotecas subprime que afectaron a EEUU y de las burbujas financieras o de la construcción que asolaron Europa.

Pero lo cierto es que los BRICS han perdido no sólo fuelle, sino que incluso varios de sus componentes están en una situación más que delicada en muchos aspectos. Así, Rusia ha visto cómo la caída del precio del petróleo -junto con las sanciones impuestas por la UE por el conflicto con Ucrania- ha hundido toda su economía. A su vez, Brasil está inmersa en una de sus mayores crisis institucionales de la historia, debido en parte a los escándalos de corrupción que acechan en todas las esferas públicas del país y, en parte, al profundo parón de su economía que ha dejado tirados a muchos que aspiraban a formar parte de una emergente clase media.

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Brasil

El antaño espejo de América Latina, el país que con Lula da Silva como presidente logró posicionarse como el referente no sólo económico, sino también político del continente, ahora hace aguas. Precisamente en el año en que se expondrá al mundo como anfitriona de los Juegos Olímpicos, Brasil está inmersa en una profunda crisis institucional (con su presidenta electa, Dilma Rousseff, apartada del poder por el Parlamento) y una inestabilidad social de imprevisibles consecuencias.

¿La causa subyacente a todo ello? Dejando a un lado la corrupción, tema estrella de la agenda pública brasileña, el principal problema que ha derivado en esta crisis es el parón sufrido por la economía de la antigua colonia portuguesa. En ese sentido, Brasil ha admitido que su PIB se contrajo un 3,8% durante 2015, la mayor recesión que sufre en los últimos 25 años; mientras que para este año se estima una caída del 3,45%. Eso significaría que Brasil atravesaría, por primera vez desde 1930, un período de dos años seguidos en recesión, sintomático de algo muy grave en un país en vías de desarrollo acostumbrado a altas tasas de crecimiento continuado.

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Las razones para esta caída de su economía son muchas y variadas, pero hay unos cuantos factores que han sido decisivos. Entre ellos destaca la caída del consumo interno -principal motor de la industria y el comercio local, así como la inflación causada por la intervención del gobierno en ese mismo consumo interno (a base de subvenciones al consumo, subidas de sueldos artificiales, etc.), cuya repercusión en un país que ya había consolidado su economía han sido contraproducentes.

A todo ello hemos de sumar la profunda crisis de confianza, no sólo política, sino también en las empresas y grandes obras públicas en Brasil, donde los continuados casos de corrupción y las investigaciones policiales provoca que los grandes inversores extranjeros se lo piensen dos veces antes de hacer negocios con compañías brasileñas. Si a todo ello le unimos una deuda exterior que no ha parado de crecer durante el mandato de Rousseff (el 66% de su PIB en 2015, aún muy lejos de la deuda equivalente el 100% del PIB que afrontamos en España), tenemos el cóctel perfecto para el hundimiento de la gran promesa de los BRIC.

Todos los expertos internacionales coinciden en que, a diferencia del caso ruso que veremos a continuación, los problemas de Brasil no son estructurales en cuanto a su modelo económico, sino que están más ligados a la situación política y de confianza que existe en el país. Por ende, conforme se vaya normalizando la situación institucional y se reduzca la corrupción, se acometan cambios para controlar la inflación y la deuda, y se fomente la inversión extranjera, es posible que Brasil vuelva a la senda del crecimiento.

Rusia

Rusia es, quizás, el máximo exponente del hundimiento de los BRICS. No en vano, y pese a soportar la crisis global con cierta entereza, el país que dirige con puño de hierro Vladimir Putin no ha podido superar su excesiva dependencia del petróleo y el gas (juntos, estos mercados suponen el 50% de la economía rusa) y ha visto cómo su PIB se desplomaba a la misma velocidad que lo hacía el precio del crudo.

Así, y según los datos oficiales del Banco Mundial, en 2015 la economía rusa perdió un 3,7% de su Producto Interior Bruto y, de cara a este 2016, lo hará de nuevo en un 1,9%. Además, las perspectivas no son nada halagüeñas, ya que el Banco Mundial no hace sino rectificar continuamente sus previsiones a la baja respecto a esta nación (inicialmente estaba previsto un repunte del 0,1%, posteriormente un retroceso del 0,7% y ahora la caída del 1,9%).

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De hecho, esta entidad no descarta que la economía de Rusia pueda llegar a caer hasta un 2,5% de mantenerse por un tiempo prolongado el bajo precio del petróleo en los mercados y las duras sanciones internacionales impuestas a raíz de la crisis política y militar en Ucrania, donde el gobierno de Putin está ayudando a los independentistas de Crimea en su intento de anexionarse a Rusia por la fuerza.

¿Podrá Rusia desligar su economía del petróleo y favorecer otro tipo de industria y comercio basado en productos de alto valor añadido? ¿Conseguirá Putin que se levanten, al menos parcialmente, las restricciones que estrangulan la economía rusa? Son interrogantes que ponen en duda la viabilidad de la potencia militar de los BRICS a corto plazo y su influencia como actor geopolítico relevante en el continente europeo y las zonas del Este y Oriente Próximo.

India

India es, quizás, la excepción dentro de esta aparente decadencia que asola a todos los países integrantes de los BRIC. De hecho, el pasado curso, la economía india creció un 7,5%, convirtiéndose en la nación de este selecto grupo que más aumentó su PIB, superando incluso a la antaño todopoderosa China (que creció un 6,9%). Además, el gobierno del primer ministro Narendra Modi asegura que el crecimiento será aún más rápido en 2016, con una tasa prevista del 7,6%.

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En el caso indio, la aparente estabilidad -dentro de lo que cabe esperar- de su democracia ha favorecido un clima de inversión y confianza muy atractivo para las empresas y la inversión extranjera. Además, y mientras que Rusia y Brasil apostaron por las materias primas y China hizo lo propio con la fabricación a gran escala, India ha tratado de atraer otro tipo de actividad económica, mucho más lucrativa y de mayor valor añadido, como pueden ser la externalización de servicios informáticos o la producción industrial de marcas propias -como TATA- con escalabilidad a todos los rincones del planeta. Por no olvidar su ingente mercado interno en el que, poco a poco, va creándose una pequeña clase media que favorece el consumo de productos propios, o la mejora del nivel educativo (que a su vez repercute en los profesionales cualificados que trabajan para compañías internacionales).

China

China, el país más poblado del planeta y habitual líder en cuanto a crecimiento de su PIB se refiere, sigue aumentando su riqueza pero lo hace a tasas mucho menores a lo que nos tenía acostumbrados y, además, lo hace a costa de créditos y deuda cuya viabilidad futura es muy dudosa.

En ese sentido, China está viviendo un buen comienzo de año 2016, con un incremento de su producción industrial del 6,8% en marzo, con una mejora de su mercado inmobiliario del 35,6% en el primer trimestre y un aumento del sector servicios del 7,6%. Todo ello arroja un 6,7% de crecimiento interanual, en línea con lo logrado el pasado curso y con las previsiones para este ejercicio; cifras que son las peores de los últimos años para el Gigante Asiático.

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Así pues, China está tirando de crédito público para apoyar esta economía expansiva, dado que por naturaleza el país tendería a un crecimiento mucho menor. La causa de esta sensación agridulce radica en el propio modelo productivo chino, basado históricamente en la fabricación de todo tipo de productos a gran escala y de poco valor añadido. Esta apuesta no ha podido soportar el incremento del nivel de vida en China ni la aparición de nuevos países emergentes con costes de producción aún menores que los chinos. A su vez, otros sectores tradicionalmente fuertes de China, como la industria pesada, están sufriendo importantes recortes, especialmente en lo referentes a la producción y exportación de acero, cemento, vidrio o carbón.

De nuevo, y aunque la situación dista de ser lo dramática que es en Rusia, el camino hacia la prosperidad sostenible en China pasa por un cambio de su apuesta productiva, para enfocarse más en los servicios de valor añadido y en la producción industrial con mayores márgenes de beneficio. Algo que China ya está logrando con éxito con firmas como Huawei o Lenovo, pero que debe consolidarse no sólo en el mercado tecnológico, sino en muchas otras industrias.

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big de Telefónica, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo y Finalista en los European Digital Mindset Awards 2016.

  • Carlos Miranda

    Otro periodista expecilizado en nada que sabe de economia, politica, energia nuclear, pavimentacion espacial y demas. Escamoteando lo verdaderamente importante, la gean lucha del occidente ratero y atracador, contra los paises que no se dejan, para la muestra francia que no cumple sus contratos lo mismo los estafas unidos que congelan roban los activos de los demas bajo falsas acusaciones. Mira el sistema internacional hace aguas porque ya no hay credibilidad y solo le pido a Dios que no sea el preambulo de una proxima guerra.