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¿Qué es la cadena de valor de una empresa? Los modelos de McKinsey y Porter

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Os explicamos cómo analizar cada elemento de vuestra compañía en base a los dos modelos más populares de gestión: McKinsey y Porter. ¿Queréis saber en qué consisten?

¿Cuántas veces han oído eso de que una empresa debe considerarse como un todo, como un organismo vivo, cuyas partes por si solas no sobrevivirían sin el global?

Se trata de una visión muy holística, ligada a las nuevas formas de entender las compañías en un mercado tan ágil y con unas barreras tan difusas entre departamentos, sectores de actividad y perfiles laborales.

Sin embargo, a veces es clave hacer el ejercicio opuesto y separar los distintos componentes de la ecuación para, irónicamente, tener la visión completa del mapa.

Hablamos de la cadena de valor, una aproximación que se basa en desagregar en una serie de actividades secuenciales ese “todo” que conforma la empresa. De esta forma, los directivos pueden analizar los costes de cada actividad, su grado de eficiencia y su relación con el resto de elementos de la cadena.

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Pongamos un ejemplo que se salga de las hojas de resultados, que tenga que ver con nuestro cuerpo. Está genial entender que nuestra salud depende de que todo el organismo funcione correctamente y bien alineado, ya que muchas enfermedades provienen de distintos factores y requieren tratamientos que afectan al organismo en su conjunto.

Pero igual de clave es separar cada órgano para poderlo examinar con detenimiento y detectar posibles fallos que afecten bien al mismo órgano o al conjunto de nuestro cuerpo.

Para hacer esta suerte de examen corporal a nuestra empresa, los expertos siguen dos modelos principales de cadena de valor, los propuestos por McKinsey y Porter. Ambos son igualmente válidos, si bien el de primero puede ser más tradicional y el segundo más orientado a priorizar áreas clave para el negocio.

Modelo de McKinsey

Según este modelo, cualquier compañía puede segregarse en seis áreas principales de actividad, todas ellas en el mismo nivel de relevancia y, por ende, con igual importancia en el éxito de la empresa.

Se trata de las secciones de Tecnología (sustituible por innovación o creación, dado el caso), Diseño del Producto (aterrizando la idea de lo anterior), Fabricación (o desarrollo/implementación, si se prefiere en campos donde no haya un producto físico), Marketing (para dar a conocer el producto en el mercado), Distribución (para asegurarnos de que llega a los clientes finales) y Servicio (donde entrarían aspectos tan diversos como la gestión del precio o la atención al usuario durante el período de garantía).

Como os podéis haber dado cuenta, y tal y como se refleja en la tabla superior, el Modelo de McKinsey está muy orientado a un proceso de fabricación industrial clásico, en el que no se tiene en cuenta de forma clara aspectos tan relevantes como la gestión de los recursos humanos (se sobreentiende transversal a todos los grupos) o los servicios jurídicos (de nuevo, se engloba en partidas individuales como “patentes” o “garantía”).

A pesar de ello, es la estructura más simple y que mejor refleja una filosofía orientada a procesos, con lo que es ideal para organizaciones que comulguen de estos principios.

Modelo de Porter

Como alternativa a la anterior encontramos el Modelo de Cadena de Valor de Porter. Se trata de un esquema algo más complejo y que sí tiene en cuenta algunas de esas variables intangibles que se le escapan al de McKinsey. En este caso, se distingue entre actividades primarias (las claves para el negocio, que van desde la compra de inventario, la producción, distribución o servicio al cliente) y actividades de apoyo con la gestión.

Es este segundo grupo lo más característico del modelo y lo que mejor se ajusta a muchas empresas nacidas ya en el siglo XXI o cuyo modelo de negocio no se basa en la fabricación industrial de un bien físico.

Así, nos encontramos con tres estadios de actividad de apoyo, entre los que se encuentran la Dirección y desarrollo de RRHH, la Tecnología/I+D/Diseño y las llamadas Actividades de Infraestructura, en las que se engloban (esta vez de forma expresa y uniforme para toda la empresa) aspectos como la planificación estratégica, las finanzas, comunicación o los servicios jurídicos.

*Tablas: CEREM Business School y otros.

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, La Razón, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Business Insider, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo, ganador del Premio Día de Internet 2018 a mejor marca personal en RRSS y finalista en los European Digital Mindset Awards 2016, 2017 y 2018.