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La historia, tipología y efectividad de las huelgas en el siglo XXI

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Uno de los grandes derechos laborales que vino de la mano de la democracia a España fue la posibilidad de realizar huelgas. Os contamos qué son y cuáles son sus variantes.

Es uno de los derechos fundamentales de los trabajadores y está incluso recogido en el artículo 28 de la Constitución Española. Hablamos de la huelga, esos paros laborales que sirven para protestar por determinadas decisiones políticas y empresariales de la manera que más duele a estos dos polos: bloqueando la normal actividad de las compañías o la sociedad en su conjunto.

Un derecho legítimo y fundamental, como reconoce la Organización Internacional del Trabajo, que no obstante está sujeto a bastantes controversias en la actualidad. Por un lado, son muchos los expertos que dudan de su efectividad en una era donde la producción fabril ya no es tan predominante como cuando se ideó esta forma de protesta. Por otro, también se critica el impacto que algunas de estas huelgas tienen en la sociedad civil, especialmente cuando se trata de servicios públicos críticos (como sanidad, transporte o educación) y se hacen sin respetar los servicios mínimos impuestos por la Ley o, directamente, de forma encubierta o ilegal.

Asimismo, este tipo de manifestaciones son, por definición, pacíficas. Sin embargo, en muchos casos su devenir acaba en luchas más o menos graves entre algunos participantes en las marchas y la policía que la vigila, así como entre los llamados ‘piquetes informativos’ (sindicalistas o simpatizantes de la huelga que tratan de evitar el acceso de los profesionales que no secundan la protesta a sus lugares de trabajo) con sus propios compañeros. E, incluso, como hemos visto en las recientes huelgas de los taxistas por la irrupción de Cabify y Uber, estos comportamientos delictivos pueden llegar a ir en contra de rivales, policía y ciudadanos inocentes.

Os invitamos a un recorrido por la historia y el origen de esta práctica, por sus diferentes tipologías y formas de paralizar la actividad productiva (con algunos de los casos más sonados en España), así como una reflexión final sobre su efectividad o no en nuestros tiempos.

El origen

Aunque hay fuentes documentales que atribuyen al Antiguo Egipto la primera huelga (de los artesanos de la actual Deir el-Medina en época de Ramsés III), la realidad es que la huelga tal y como la entendemos en la época moderna se remonta a la Revolución Industrial, cuando se popularizó la figura del obrero a sueldo en las fábricas frente a los trabajadores del campo, normalmente autónomos o sujetos a la figura de un terrateniente o señor.

Por tanto, estamos en el siglo XIX cuando se creó esta figura de protesta de la mano de los primeros movimientos obreros (los ludistas, que destruían las máquinas ante el temor de que dejaran sin trabajo a los humanos, y las conocidas como ‘trade unions’, que representaban los intereses de un determinado gremio). De aquella, el derecho a huelga no estaba reconocido y era un acto ilegal, con lo que las empresas tenían todo el camino libre para tomar las represalias que consideraran oportunas (incluyendo el despido) contra los empleados que las suscribieran.

Los trabajos que primero suplantarán los robots

Fue un siglo más tarde, en el XX, cuando la huelga comenzó a ser un activo más del manual de juego de los trabajadores. Este tipo de protestas fueron ampliamente reconocidas a lo largo de ese centenar de años por la inmensa mayoría de gobiernos occidentales e incluso sirvieron de germen y razón de ser para los regímenes comunistas de Europa del Este (Unión Soviética) durante esos mismos años.

En España, la huelga estuvo terminantemente prohibida durante todo el siglo XIX, estando considerada como delito hasta el año 1909. Posteriormente, con las sucesivas inestabilidades políticas vividas en España este derecho tomó distintos vientos, hasta quedar finalmente prohibida durante todo el franquismo. La dictadura creó en 1938 un Fuero del Trabajo donde condenaba como delito grave cualquier actividad que enturbiase la normalidad de la producción; mientras que en 1944 el Código Penal consideró la huelga como un delito de sedición. No sería hasta 1978, con la llegada oficial de la democracia y la aprobación de la Constitución Española, cuando el derecho a huelga quedó finalmente recogido, protegido y regulado por el ordenamiento jurídico patrio.

Las variantes

Todos entendemos el concepto general de huelga: dejar de trabajar para generar un daño al empleador y que éste reconsidere una determinada decisión o intención. Sin embargo, son muchas las variantes de lo que puede ser una huelga, materializándose esta práctica en un sinfín de modos de protesta con sus particularidades y elementos diferenciales:

  • Huelga (tradicional): De forma más convencional, la huelga consiste en la convocatoria -por parte de los sindicatos o un colectivo profesional- de un paro colectivo que puede ser parcial o total -de una división o de toda la empresa- con una duración determinada (horas, días, etc.) o indefinida. Ante esta convocatoria, los empleados pueden decidir sumarse o no a la protesta, siempre y cuando no hayan sido nombrados servicios mínimos en el caso de que se trata de una huelga que afecte a infraestructuras o servicios críticos para el país. Esta huelga puede incluir o no una manifestación pública para visibilizar el problema, algo que suele suceder con bastante frecuencia.
  • Huelga general: Cuando esa huelga convencional no afecta a un solo colectivo o a una empresa determinada, sino que es transversal a todo el país y sectores de actividad, hablamos de una huelga general. Suelen ser paros convocados por todos o la inmensa mayoría de los sindicatos para paralizar por completo un país entero a lo largo de 24 horas.Desde la llegada de la democracia, España ha vivido 11 huelgas generales (1981, 1985, 1988, 1992, 1994, 2002, 2003, 2010, 2011 y otras dos en 2012), siete de ellas de 24 horas. La mayoría de ellas han sido contra las sucesivas reformas laborales de los gobiernos de la época o contra medidas que recortaban los subsidios de desempleo. Como curiosidad, la huelga del 14 de noviembre de 2012 fue no sólo una huelga general en España, sino también la la primera huelga internacional del siglo XXI y la primera huelga general europea, al convocarse conjuntamente en España, Portugal, Italia, Grecia, Chipre y Malta.
  • Huelgas encubiertas e ilegales: Aunque ambos términos pueden sonar a sinónimo, la realidad es que todas las huelgas encubiertas son ilegales pero no todas las huelgas ilegales tienen porqué ser encubiertas. Explicamos este trabalenguas: una huelga encubierta es aquella donde los trabajadores que protestan afirman oficialmente no estar secundando ningún tipo de paro, para lo cual se inventan excusas (como bajas por enfermedad) para no acudir a su puesto de trabajo y paralizar la producción.Es lo que ocurrió, sin ir más lejos, durante las protestas de los controladores aéreos en 2010, que aludieron al cumplimiento de sus horas máximas laborales y a una serie de partes por ‘disminución de sus capacidades psicofísicas’ para no presentarse en sus lugares de trabajo y obligar al cierre del espacio aéreo y a la declaración del estado de alarma durante el gobierno de Zapatero; en una huelga encubierta que incluso sus propios sindicatos (como USCA) calificaron como “desmedida”, aunque finalmente la justicia condenaría a AENA por el caos generado.Por otro lado, las huelgas ilegales no solo incluyen a lo anteriormente mencionado, sino también a cualquier otro paro que no esté reconocido y permitido por las autoridades. Es el caso de una huelga no formalizada en plazos ni forma ante las autoridades convenientes o cuando se produce una huelga en la que no se respetan los servicios mínimos obligatorios.
  • Huelga de brazos o bolígrafos caídos: En los límites de lo legal y lo ilegal encontramos la huelga de brazos caídos, un tipo de paro que consiste en no trabajar en absoluto pero sí acudir al puesto de trabajo. Es decir: formalizar la presencia en la oficina o espacio asignado pero no producir como la empresa u organismo público espera. Se trata de un tipo de paro muy habitual en profesiones donde el derecho a huelga está más limitado o circunscrito a regulaciones adicionales, como la policía: un ejemplo de huelga de brazos caídos es cuando los agentes de tráfico ocupan sus vehículos como de costumbre pero no ponen multa alguna.
  • Huelga de celo: Recientemente hemos vivido una agónica huelga de celo en el Aeropuerto de El Prat, donde el personal de los controles de seguridad ha provocado que más de 1.000 pasajeros perdieran sus vuelos. En este tipo de protestas, los trabajadores hacen todo lo contrario a los casos anteriores: ejercen sus funciones asignadas, pero con semejante respeto y literalidad a la normativa vigente que logran paralizar la normal actividad de la empresa. De este modo, artículos del reglamento que no se suelen tener en cuenta porque su influencia en la producción es mínimo o, directamente, están mal planteados en un origen son ejecutados al pie de la letra con la intención única de provocar el caos y arrojar luz sobre las reivindicaciones del colectivo en cuestión.
  • Huelga a la japonesa: Seguro que han oído hablar de este tipo de huelga, supuestamente extendida en Japón y por la que los empleados trabajan más de lo habitual, con mayor ahínco y esfuerzo, con el fin de producir una cantidad semejante de productos que la industria no sea capaz de procesar, provocando con ello el desplome del precio de ese producto y el consiguiente daño económico a la firma. Pero lamentamos deciros que esta ‘huelga a la japonesa’ no es más que un mito, muy extendido en Latinoamérica y España: los paros en el país del sol naciente son exactamente iguales a los del resto del planeta.

¿Y de verdad funcionan?

La pregunta del millón con todo esto es si las huelgas siguen teniendo vigencia en nuestra sociedad actual, donde la paralización de la producción no supone un daño tan grave a la economía y los paros en los servicios públicos con frecuentemente cuestionados por el resto de ciudadanos afectados sin culpa alguna.

Lo cierto es que los expertos aseguran que la huelga sigue siendo efectiva a la hora de defender los derechos de los trabajadores, aunque su rol ha cambiado notablemente: de buscar el impacto directo sobre la actividad para reivindicar sus demandas, ahora la huelga sirve como un mecanismo indirecto para visibilizar un problema que, mediante una manifestación al uso, podría quedar en un segundo plano. En ese sentido, si nos atenemos a los datos, vemos que las principales huelgas generales en España han acabado por lograr su objetivo: la de 1988 contra Felipe González trajo consigo varias reformas sociales alrededor de año y medio después; mientras que la de 2002 consiguió que José María Aznar tuviera que prescindir de su ministro de Trabajo y retirar su reforma laboral apenas cinco meses después de su aprobación.

Sobre el autor de este artículo

Alberto Iglesias Fraga

Periodista especializado en tecnología e innovación que ha dejado su impronta en medios como TICbeat, El Mundo, ComputerWorld, CIO España, Kelisto, Todrone, Movilonia, iPhonizate o el blog Think Big de Telefónica, entre otros. También ha sido consultor de comunicación en Indie PR. Ganador del XVI Premio Accenture de Periodismo y Finalista en los European Digital Mindset Awards 2016.