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Las lecciones de InstaDM para triunfar en el mundo app

¿Cuánto de creativo hay que ser en el mercado de las aplicaciones? Más que buscar algo totalmente sorprendente y nuevo, lo que hay que hacer es ofrecer una solución que acabe con los problemas de los usuarios, que realmente solucionen algo que sus potenciales usuarios necesiten. Es una de las conclusiones de la muy completa master class de Claudio Cossio en la Red Innova sobre cómo vender una app.

Y uno de los ejemplos que manejó Cossio durante su presentación fue InstaDM, una aplicación que puede ser un claro ejemplo de cómo conseguir generar un producto que tiene éxito. La aplicación fue desarrollada en dos días de coworking, como explicaba Cossio, pero tenía muy claro qué buscaba y qué quería.

Instagram está muy bien, tiene mucho éxito y es una de esas aplicaciones de oro, pero no permite a sus usuarios enviar mensajes privados. Y realmente los usuarios no quieren que todo el mundo sepa todo lo que tienen que decir. Como bromeaba Cossio, sólo hay que imaginar que se quiera hablar de la foto hecha a un amante sin que se entere la pareja (real). Para eso – y para otros mensajes menos problemáticos pero igualmente secretos – nació InstaDM.

Sus dos días de trabajo concluyeron con el lanzamiento de la app en México DF y sólo para iOS (el sistema operativo en el que estaba únicamente Instagram hasta hace no tanto). Consiguió 100.000 descargas en tres días. Ahora lleva 680.000 “y se lanzó en abril”, recuerda Cossio. “No es que hicieran una gran cosa, mensajes privados para Instagram”, reconoce Cossio, pero la gente lo necesitaba.”Era algo que ni Instagram sabía”, apunta. La app es gratis, con un curioso sistema de monetización. Lo que piden los desarrolladores es que dones y puedes dejar lo que quieras. “Así lo están monetizando”, explica.

La app consiguió salir en algunos de los principales medios de comunicación destinados a sus potenciales usuarios (“sí, hipsters”) y convencer a aquellos que podían ser los ‘influenciadores’ de su comunidad de compradores.

Sobre el autor de este artículo

Raquel C. Pico