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¿Sabes por qué decoramos calabazas en Halloween?

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Esta noche es la noche de Halloween y muchas personas se disfrazarán, verán películas de miedo y decorarán sus casas de forma extravagante. Pero, ¿sabes por qué las calabazas talladas son uno de los complementos que más se utilizan durante estos días?

En inglés, las calabazas que decoramos en Halloween son conocidas como ‘jack-o’-lantern’, pero este término proviene de la denominación de un vigilante nocturno que llevaba una linterna, allá por el año 1663.

Una década después, en el año 1673, este término comenzó a utilizarse para denominar así a unas luces desconocidas que se vislumbraban por las noches en los pantanos.

Estas luces ‘fantasma’ son en realidad creadas por los gases de materia vegetal en descomposición y se encienden cuando entran en contacto con el calor cuando se oxidan o con la electricidad. Pero esta explicación científica no se conocía en esos siglos, con lo cual había numerosas historias tenebrosas sobre la procedencia de esas luces.

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En Irlanda, alrededor del año 1500, las historias sobre esas luces tenebrosas se relacionaban con un hombre llamado Jack. La leyenda cuenta que ‘Stingy Jack’ era un herrero que invitó al diablo a tomar una copa con él. Como Jack no quería pagar las copas, convenció al diablo para que se convirtiera en una moneda con la que pudiera pagar las copas.

El diablo accedió a ello, pero Jack en vez de cumplir con lo que habían establecido, se guardó la moneda (que en realidad era el diablo) en su bolsillo, junto a una cruz de plata para que éste no pudiera volver a su forma original.

Al final, Jack decidió soltar al diablo, pero con la promesa de que no intentaría vengarse de él ni reclamaría su alma cuando Jack muriera. Una vez que Jack soltó al diablo, volvió a convencerle para que trepara un árbol y cogiera fruta, y dibujó una cruz en el tronco para que el diablo no pudiera bajar. Jack volvió a liberar al diablo, pero con la promesa nuevamente de no vengarse de él ni reclamar su alma.

Pasaron los años, y llegó la hora de la muerte de Jack. Como cuenta la leyenda, Dios no le dejó entrar en el cielo, y el diablo cumplió su promesa de rechazar su alma en las puertas del infierno. Lo único que le dio el diablo a Jack fue un solo carbón ardiendo con el que pudiera iluminar su camino y lo mandó a la noche oscura para que él mismo “encontrara su propio infierno”.

Entonces Jack puso su trozo de carbón en un nabo tallado y desde entonces vaga por la Tierra, por tanto en Irlanda la leyenda cuenta que esas luces tenebrosas que se veían en los pantanos, eran la ‘linterna tenebrosa’ de Jack que se movía mientras su alma sigue vagando por los bosques.

Así, Jack y las luces se llamaron “Jack of the Lantern” o “Jack O’Lantern”. Cuando la leyenda llegó a los Estados Unidos, se encontró con otra tradición de América y la novedosa cosecha que había en el continente, precisamente de calabazas.

Las linternas tenebrosas de calabaza

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En las islas británicas las linternas fabricadas con verduras eran una tradición muy extendida. Se utilizaban nabos, remolachas y papas tallados que eran rellenas con carbón, brasas de madera o velas como linternas improvisadas en las cosechas de otoño.

Los niños y niñas gastaban bromas a sus amigos portando vegetales brillantes por las carreteras para asustarles y que pensaran que era ‘Stingy Jack’.

En el continente americano las calabazas eran un fruto muy abundante, y muy fáciles de tallar, así que se comenzó la tradición de decorar estas ‘linternas tenebrosas’ para gastar bromas y dar sustos.

Así, esta tradición se fue perfeccionando y en el siglo XIX las calabazas comenzaron a simular ser una cabeza sin cuerpo. Incluso en 1892 formaron parte de la decoración de una fiesta de Halloween que fue organizada por el alcalde de Atlanta.

Es por esto que las calabazas son la principal decoración en Halloween, y esto se debe a que Jack y su alma siguen vagando por los bosques del planeta, es decir, son los culpables de que las calabazas se conviertan en las linternas siniestras en octubre.

Vía | Mental Floss

Sobre el autor de este artículo

Alicia Ruiz Fernández