Ciber Cultura

Ciberutópicos versus ciberescépticos

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Escrito por Marcos Merino

Desde la Primavera Árabe a Wikileaks, el debate sobre el papel democratizador de Internet suele generar dos posturas encontradas.

En los últimos años los debates sobre espionaje (las filtraciones de Wikileaks, el escándalo de espionaje de la NSA desvelado por Edward Snowden, etc.) y sobre cambios sociales y políticos (la Primavera Árabe en Egipto o Túnez, el Euromadián ucraniano, las protestas de la oposición en Turquía o Venezuela…) han tenido como uno de sus ejes el potencial de Internet y el papel de los gobiernos y los ciberactivistas en éste.

Ciberutopismo

El discurso más habitual, aun cuando sea enarbolado con distintos grados de entusiasmo, es que Internet tiene una función destacable en los procesos de democratización, de acceso a la información y de control del poder establecido: la Red de redes aparece así dibujada al mismo tiempo como mascarón de proa y motor de la imparable tendencia hacia un mundo más libre.

El hecho de que los gobiernos autócratas que terminaron cayendo tras la Primavera Árabe se aplicaran con fruición a censurar Internet (o, incluso, a apagarlo) y a perseguir blogueros (llegando a utilizar sus propios crackers para suplantar identidades y robar contraseñas de opositores) parece confirmar su importancia, sin duda. En 2010, un miembro de la Administración de Barack Obama declaraba que “cuanta más gente tenga acceso a Internet y sus servicios más difícil será para el Gobierno iraní reprimir la libre expresión”. El empleado de Google Wael Ghonim, convertido en Occidente en rostro de la revolución egipcia, dijo lo siguiente en la Plaza Tahrir: “Si quieren liberar a una sociedad, no hay más que darle Internet”. Unos pocos años antes, en 2008, un profesor de la Universidad de Nueva York y especialista en social media llamado Clay Shirky se alzaba, gracias a su libro Aquí entra cualquiera: Organizando la desorganización, en la principal voz de esta postura dentro del ámbito académico.

Ciberescepticismo

Pero sólo un año después, un joven (24 años) procedente de la última dictadura europea (Bielorrusia) y que respondía al nombre de Evgeny Morozov publicó en la revista Prospect un artículo titulado “Cómo los dictadores nos vigilan en la web” donde relataba cómo había dimitido de su participación en proyectos financiados desde Occidente para promover la democracia a través de los blogs en los países del antiguo ámbito soviético porque había llegado a la conclusión de que los gobiernos autoritarios aprovechaban las redes mucho mejor de lo que podían llegar a hacerlo sus opositores. Así hablaba de su propio país.

“Las redes sociales […] fueron infiltradas y rebasadas por el poder del Estado. […] A pesar de lo que los entusiastas digitales puedan decir, la aparición de nuevos espacios digitales para la disidencia también ha llevado a nuevas maneras de seguirla”.

E, igualmente, hacía una mención a “Aquí caben todos“:

“Clay Shirky es el “niño bonito” del mundo de las redes sociales, un asesor de entidades gubernamentales, corporativas y filantrópicas, y una fuente para reporteros que buscan citas acerca de cómo Internet está cambiando la protesta. Es también el principal responsable de la confusión intelectual en torno al papel político de la Red”.

Hemos de reconocer que el aguafiestas de Morozov resulta tan antipático como completamente necesario en su faceta de Pepito Grillo que previene que las mejoras sociales a las que ha contribuido Internet terminen generando un relato mítico y tecnofetichista que ignora que lo central en este debate no es el medio, sino quién lo usa y con qué fines.

Sobre el autor de este artículo

Marcos Merino

Marcos Merino es redactor freelance y consultor de marketing 2.0. Autodidacta, con experiencia en medios (prensa escrita y radio), y responsable de comunicación online en organizaciones sin ánimo de lucro.