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Política 2.0 en España: mucha campaña, poco Obama.

foto-muneco-obamaSiendo corresponsal en unas elecciones americanas, Julio Camba resumió: conozco muchos motivos por los que no votar al presidente, pero ni uno solo para votar a su rival. Tristemente, esta frase resultaría válida para muchas de las elecciones vividas por nuestra joven democracia, a pesar de que la cita se refiere a las elecciones presidenciales del año 1916.

De vuelta a España, Camba contrastó sus experiencias para concluir que, ante el proceso americano – tan dinámico y pegado al signo de los tiempos-, la democracia española se movía con engranajes antiguos, pese a ser un invento relativamente nuevo.

Nueve décadas después, vemos desde este lado del Atlántico cómo se cumple el primer aniversario de Barack Obama como Presidente, cuando aún no se han apagado los ecos de su sensacional campaña electoral. Es un buen momento para analizar algunos mecanismos que hemos creado para interpretar su victoria y el singular papel que los social media jugaron en ella. Podremos comprobar que, tal como pasaba a principios del siglo pasado, observar nuestra política en base a los patrones americanos es como mirar el paisaje a través de un microscopio: demasiado y escaso a la vez.

¿Obama como paradigma?

Todos hemos oído cómo Obama ganó “gracias a Internet”. Esta afirmación es tan real como tramposa, porque supone una simplificación que ha hecho fortuna y que ha conseguido tergiversar el significado y la profundidad de la sorprendente movilización política que vivió la sociedad americana. Para muchos políticos, es más sencillo confiar en que su mensaje tuvo fuerza por el canal antes que por su contenido. Hecha esta visión simplista, es sencillo concluir que serán pocos los políticos que de aquí a los comicios de 2012 no deseen para sí “una campaña como la de Obama”, por mucho crédito que pueda llegar a dilapidar el inquilino de la Casa Blanca en el espinoso tránsito que va de las palabras a los hechos.

A diferencia del de Estados Unidos, nuestro sistema es parlamentario y multipartidista, lo que no ha evitado la “obamización” superficial de nuestra clase política. Por poner un ejemplo, el Lehendakari saliente Juan José Ibarretxe llegó a decir que el “Yes, We Can” era un lema vasco; mientras que su rival Patxi López recurrió a un discurso sobre el cambio que a muchos les sonaba importado de otro lugar y otros contextos. Huelga decir que ambos se presentaron en lo que podríamos llamar una imagen muy 2.0. Esta importación nace descafeinada, porque sin minimizar la noticia y todos sus significados, se antoja una novedad mayor un Presidente americano de raza negra que un Lehendakari apellidado López. Es decir, una novedad capaz de generar conversación en Internet muy por encima de cualquiera de las que tengamos en nuestra política doméstica.

En los últimos tiempos asistimos a iniciativas de marketing político en Internet (Política 2.0) bajo el amparo de partidos de todo signo o en los blogs personales de diputados, ministros, portavoces,… muchas de ellas como extensiones de sus respectivos gabinetes de prensa. Son de agradecer las iniciativas que se mantienen actualizadas y con contenidos alejados del tono de nota oficial, y aún lo son más aquellas que rebasan el ámbito del marketing político para entrar en prácticas de Gobierno Abierto.

Estas prácticas chocan con la inercia de los partidos (empezando por los dos con aspiraciones de gobierno), acostumbrados a reducir al mínimo el riesgo en su exposición a los medios en el mundo real. Recordemos como ejemplo el no-debate electoral Zapatero – Rajoy, cuyo único recuerdo pasados los meses son escenas ensayadas: Zapatero nos deseó suerte y Rajoy nos habló de una niña imaginaria.  Los partidos llegan al punto de ofrecer su señal de televisión ya editada o de convocar comparecencias de prensa en las que no se aceptan preguntas o de desplazar sistemáticamente a los mítines a militantes de relleno o de adoctrinarse en repetir machaconamente los mismos mensajes … Sin embargo, estos mismo partidos quieren construir una identidad virtual pretendidamente colaborativa.

Desde la óptica tradicional, ¿para qué querría un perfil en Facebook un diputado electo? Como pedestal es bastante peor que un cargo público y, como lugar donde aglutinar representatividad, nunca será más legítimo que un Parlamento, donde sus señorías deberían sentir el peso de sus votantes cada vez que traten de ausentarse del escaño. Para muchos políticos, tener una lista de amigos en Facebook tiene el mismo valor que el público de los mítines, es decir, el de un decorado humano.

¿Y para qué querría captar seguidores en redes sociales una organización que ya cuenta con afiliados y con votantes? Es evidente que sus seguidores más activos no corren el riesgo de transfuguismo ideológico. Más allá de una expresión de fuerza y del recuento de adeptos, resulta difícil de argumentar una apuesta por este canal si sólo consiste en una carcasa vacía. Cabe señalar que la fuerza y el discurso unidireccional es precisamente la realidad que ha saltado por los aires con las redes sociales.

Si en 2012 volvemos a acudir las urnas sopesando las muchas razones para no elegir a uno, frente a las escasas razones para votar a su rival, que nadie saque conclusiones sobre Internet o el desinterés de los jóvenes. Significará, simplemente, que la conversación política y la de la calle siguen sin encontrarse y que las rencillas entre partidos son tan ajenas a los usuarios de redes sociales como los discursos de Cánovas o de Sagasta… que incluso en 1916 ya estaban anticuados.

Fotografía: JoshMcConnell

Sobre el autor de este artículo

Cosme Damian